Opinión
La larga sombra del fracaso: El auge del aficionado conspiranoico
El prolongado periodo de fracaso de las Chivas, que se ha extendido por más de medio siglo, ha transformado la psique de su afición de la nostalgia a un profundo trauma colectivo. Este trauma no solo se manifiesta en la frustración por la falta de títulos, sino en la adopción de teorías de la conspiración como mecanismo de defensa. Ante un presente que contradice el mito de su grandeza, el aficionado de las Chivas busca explicaciones externas para el éxito de sus rivales, una forma de proteger su identidad y justificar el declive. Esta narrativa conspiranoica se ha visto particularmente alimentada por dos eventos recientes que han reabierto viejas heridas y cimentado un sentimiento de victimización: el bicampeonato del Atlas de Guadalajara y el tricampeonato del Club América.
Con una lucidez envidiable, la afición ha logrado decodificar lo que el resto de los mortales no ve: el fútbol mexicano no es un deporte, sino una elaborada puesta en escena cuyo único fin es humillar al Rebaño Sagrado. Desde el arbitraje hasta los calendarios de juego, cada detalle está orquestado por una misteriosa “mafia” que, en sus ratos libres, se dedica a asegurarse de que el equipo de sus amores no levante un solo trofeo. Los resultados ya no son producto del buen o mal juego, sino de la infalible conspiración del destino. ¿Para qué exigir refuerzos o un mejor rendimiento si la batalla ya está perdida desde la raíz, en los oscuros pasillos de la Federación? Es mucho más cómodo ser la víctima de una épica tragedia que el simple perdedor de un partido de fútbol.
Este trauma ha elevado el victimismo a un arte. Lejos de ser una desventaja, ser el equipo “odiado” y “perseguido” se ha convertido en una medalla de honor, un distintivo de la “pureza” y la “grandeza” que los demás no pueden entender. Cada derrota es una prueba más de su “superioridad moral”, cada título del rival una confirmación de la “injusticia” que sufren. Han construido una realidad paralela tan convincente, que la verdadera decepción no es ver a su equipo en la media tabla, sino darse cuenta de que, en su retorcida narrativa, el resto del mundo no aprecia el profundo sacrificio y la resiliencia de quienes sufren por el más grande… o lo que alguna vez fue.
La herida abierta: El bicampeonato del Atlas y el trauma de la rivalidad local
Para la afición rojiblanca, la rivalidad con el Atlas de Guadalajara es una cuestión de orgullo regional. Durante décadas, la narrativa fue que Chivas era el equipo grande de la ciudad, un gigante que eclipsaba al “vecino” con su palmarés y su popularidad. Sin embargo, el bicampeonato del Atlas en 2021 y 2022 quebró esta hegemonía simbólica y representó un trauma de proporciones inauditas. La incapacidad de su propio equipo para competir con un rival históricamente menor llevó a la afición a cuestionar no solo a su equipo, sino la propia lógica del fútbol.
Este shock dio lugar a la proliferación de teorías de la conspiración. Los aficionados señalaron una presunta “ayuda federativa” o “ayuda arbitral” como la única explicación plausible para el éxito del Atlas. La creencia de que fuerzas externas conspiraron para levantar al rival y humillar a Chivas se convirtió en un consuelo psicológico. Era más fácil aceptar que el fracaso era producto de un complot, en lugar de reconocer la superioridad deportiva del Atlas en ese momento y la profunda crisis de su propia institución. La gloria del rival se vivió como una injusticia, no como un merecimiento.
La humillación de ver al rival que alguna vez despreciaron levantando dos trofeos consecutivos en su propia ciudad fue un golpe directo al corazón de la identidad del aficionado. La rivalidad, que antes era una fuente de bromas y un sentimiento de superioridad, se convirtió en una herida abierta. La respuesta inmediata fue la incredulidad, seguida por una búsqueda frenética de excusas. Ver al Atlas como “RATLAS” o “BILADRON” se convirtió en una forma de deslegitimar su éxito y proteger el relato de la grandeza de Chivas, la cual como se ha expuesto en la actualidad no existe.
Este discurso conspiranoico no se limitó a conversaciones casuales; se masificó a través de las redes sociales, donde cada decisión arbitral y cada momento de controversia se analizaban con una lente de sospecha. La repetición de estas ideas en foros, grupos y memes creó una cámara de eco donde la teoría de la conspiración se solidificaba como una verdad innegable. Para muchos, ya no era una opinión, sino un hecho, una pieza fundamental para entender por qué “su” equipo no ganaba y por qué otros, supuestamente menores, lo hacían.
El trauma máximo: El tricampeonato del América y la confirmación del fracaso
Si el éxito del Atlas fue una herida, el tricampeonato del Club América en 2024 fue el golpe definitivo. La histórica hazaña de su archirrival en las finales contra los Tigres, el Cruz Azul y el Monterrey; no solo reafirmó la superioridad del América, sino que le arrebató a las Chivas el último de sus grandes logros simbólicos: la exclusividad del “campeonísimo”. La narrativa de que Chivas es “el más grande” se basa en un pasado de dominio que ahora el América ha igualado y superado en la era moderna. El tricampeonato del América es la prueba más contundente de que la grandeza de las Chivas es, en efecto, un mito moderno.
Este evento ha intensificado el trauma existencial de la afición. El éxito del América se percibe no como una derrota deportiva más, sino como una confirmación de su propia insignificancia en la época actual. La respuesta del aficionado ha sido la proliferación de memes, burlas y, por supuesto, nuevas teorías de la conspiración aún más elaboradas. La idea de que el América siempre es ayudado por el arbitraje o los directivos se ha vuelto una verdad indiscutible para muchos, una forma de negar la dolorosa realidad de que el rival ha logrado una gesta deportiva que su propio equipo no ha podido replicar en casi sesenta años.
La brecha entre la grandeza histórica que se autoatribuyen y la realidad deportiva actual se ha vuelto insostenible. Mientras el América construye una dinastía, Chivas lucha por clasificar a la liguilla y sufre derrotas humillantes. Este contraste genera una profunda crisis de identidad, obligando a los aficionados a reevaluar su lugar en el fútbol mexicano. El tricampeonato del América no solo es un título más, es el símbolo de una superioridad que ya no se puede negar, un espejo que refleja la decadencia de una institución que no ha sabido adaptarse a los tiempos modernos.
En este contexto, las teorías de la conspiración no son simplemente una excusa; son un mecanismo de supervivencia psicológica. Son la única forma de conciliar el mito con la realidad. Al culpar a una “mano negra” o a una “mafia” en el fútbol, el aficionado de las Chivas puede seguir creyendo en la superioridad moral y simbólica de su equipo, aunque la evidencia empírica señale lo contrario. El trauma del tricampeonato es tan grande que la única forma de procesarlo es negando su legitimidad, una negación que se ha vuelto el pilar central de su discurso actual.
Conclusión: El trauma colectivo como identidad
En la actualidad, el trauma del aficionado de las Chivas se ha convertido en una parte intrínseca de su identidad. El mito de su grandeza, lejos de ser una fuente de orgullo, es una carga que los obliga a vivir en un estado de nostalgia y victimización. El éxito del Atlas y el América, lejos de ser un estímulo para la autocrítica, ha reforzado la narrativa conspiranoica. Para que el equipo pueda aspirar a una verdadera recuperación deportiva, la afición primero debe confrontar la realidad de su trauma y soltar el peso de un mito que ha dejado de ser un recuerdo de gloria para convertirse en un doloroso obstáculo.
Esta condición de “trauma hereditario” se ha transmitido de generación en generación, una especie de maldición familiar que se hereda con la playera rojiblanca. El abuelo le cuenta al padre la épica del “Campeonísimo” y los 50 años de sufrimiento, y el padre le transmite al hijo la inquebrantable fe y las incontables teorías sobre cómo los árbitros y la Federación están en su contra. De esta manera, el aficionado no solo padece el dolor de sus propias derrotas, sino que carga con el peso de medio siglo de fracasos ajenos, una pesada mochila de amargura que le otorga el prestigioso título de “chiva de hueso colorado” por su resiliencia al dolor.
Paradójicamente, la posibilidad de un triunfo podría resultar una experiencia profundamente incómoda, casi una crisis de identidad. ¿Qué haría el aficionado sin su narrativa de sufrimiento, sin su enemigo imaginario y sin su rol de víctima? La victoria podría arrebatarles su identidad, dejando un vacío existencial. El triunfo no solo significaría el fin de una sequía, sino la necesidad de reescribir por completo su historia, un acto de madurez que podría ser más doloroso que cualquier derrota. Después de todo, es mucho más fácil ser un héroe trágico que el responsable de una victoria que exige una nueva forma de ser y de sentir.
Sobre el autor
Fernando Arango Ávila es jurista y académico. Doctor en Ciencias de lo Fiscal, y actualmente cursa un posdoctorado en Derecho. Actualmente, combina su experiencia práctica con su labor investigativa. Escribe: drarango83@gmail.com.
Opinión
La Liga MX flaquea (otra vez) en la Leagues Cup
Cada temporada, el inicio de la Leagues Cup nos sacude con la misma ilusión y, casi de manera irremediable, desemboca en la misma frustración colectiva para el fútbol mexicano.
A medida que el torneo avanza y nos acercamos a la recta final de su primera fase, los equipos de la Major League Soccer (MLS) vuelven a inclinar la balanza a su favor, acumulando triunfos clave y dejando en evidencia que, para los clubes de la Liga MX, competir en el país vecino del norte es mucho más que un simple partido de fútbol: es un laberinto logístico y deportivo del que parecen no saber cómo salir.
Reducir el dominio de la MLS en este certamen a una cuestión de falta de calidad técnica sería un análisis superficial e injusto. Si bien el crecimiento de la liga estadounidense es innegable —con una infraestructura envidiable, estadios llenos y planteles cada vez más competitivos—, el factor geográfico y organizativo juega un papel lapidario.
Los equipos mexicanos cargan con el desgaste de una mudanza constante. Mientras los conjuntos de la MLS duermen en sus camas, entrenan en sus instalaciones habituales y se benefician del apoyo incondicional de jugar como locales, los representantes de la Liga MX se convierten en feriantes del balón: vuelos interminables, cambios de horario, hoteles impersonales y canchas con superficies sintéticas a las que no siempre se adaptan.
Como bien lo han señalado diversos estrategas, el torneo se convierte en una auténtica “carnicería física” para el futbolista debido al trajín de los traslados. Pretender que compitan al ciento por ciento de su capacidad bajo ese ritmo es ignorar la fisiología humana más básica.
Otro de los puntos de quiebre en la recta final de la fase inicial es el momento físico y emocional en el que ambos torneos se encuentran. La MLS está en pleno corazón de su temporada, con un ritmo competitivo feroz, una maquinaria aceitada y planteles diseñados específicamente bajo el tope salarial y las reglas de su propio ecosistema.
Por el contrario, la Liga MX suele arrancar su participación con el torneo doméstico recién comenzado. En el momento en que se definen los boletos a la fase de eliminación directa, los altibajos tácticos y la falta de rodaje colectivo de los equipos mexicanos se pagan caros.
A esto se suma un reglamento que no perdona: la prohibición del empate y la resolución exprés en tanda de penales han demostrado premiar la resiliencia y el conocimiento milimétrico de las condiciones de localía que manejan los clubes norteamericanos.
La Liga MX sigue viviendo de los destellos individuales de sus figuras y del peso histórico de sus instituciones, pero el fútbol moderno se alimenta de planeación, logística y equidad de condiciones.
Si el torneo binacional pretende ser una verdadera fiesta de integración y competencia regional, las reglas del juego tendrán que revisarse y el reparto de la localía deberá equilibrarse de forma real.
Hasta que eso ocurra, los equipos mexicanos seguirán chocando contra el mismo muro invisible en la recta final de la primera fase. La Leagues Cup, más que una oportunidad de revancha, se ha convertido en un espejo incómodo que le recuerda al balompié azteca que la chequera, la comodidad logística y la planeación institucional de la MLS ya no están un paso atrás, sino que le han tomado ventaja de manera implacable.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
El descaro de colgarse medallas ajenas
Hay gestos que retratan de cuerpo entero la miseria institucional del deporte mexicano. El histórico y titánico tercer lugar de Isaac del Toro en el Tour de Francia no es solo una gesta sin precedentes para el ciclismo nacional; es, sobre todo, una cachetada con guante blanco a la desidia gubernamental.
Sin embargo, fiel a la más rancia escuela del oportunismo político, la maquinaria de la llamada Cuarta Transformación (4T) no tardó en activar su aparato de relaciones públicas para intentar capitalizar un éxito en el que jamás creyeron, ni mucho menos invirtieron.
La más reciente y bochornosa muestra de ello provino de las redes sociales del director de la CONADE, Rommel Pacheco. Con la ligereza de quien presume un logro propio, el ex clavadista se apresuró a publicar un mensaje triunfalista acompañado de una fotografía junto al ciclista, intentando vender la narrativa de un Estado benefactor que cobija a sus talentos.
Durante la etapa formativa y los años más oscuros y tortuosos de preparación para Isaac del Toro, la CONADE brilló por su absoluta y cruel ausencia.
Como bien lo denunció en su momento, con indignación, el padre del atleta, José del Toro, el camino de “El Torito” se pavimentó a base de sacrificios familiares, de tocar puertas infinitas y de cubrir de su propio bolsillo inscripciones, viáticos y pasajes.
Para el aparato oficial, el hoy héroe nacional era invisible. La única “ayuda” gubernamental que la familia recordaba tras múltiples ruegos fue una miseria inferior a los 2,000 pesos; una limosna institucional que retrata la humillación a la que se somete sistemáticamente a los deportistas de alto rendimiento en México.
Lo ocurrido con Rommel Pacheco y la 4T no es un hecho aislado, sino la repetición sistemática de una fórmula propagandística: abandonar en el calvario presupuestal al atleta y aparecerse puntualmente con la chequera de los aplausos y los reflectores cuando la gloria ya fue conquistada con esfuerzo privado.
Pretender colgarse la medalla de bronce del Tour de Francia, un logro forjado en las exigentes rutas europeas, gracias al talento innato del ciclista y al soporte de estructuras internacionales, es una falta de respeto a la inteligencia de los mexicanos.
Es muy cómodo tomarse la foto con el deportista consagrado, sonreír para la posteridad y colgarse medallas ajenas, cuando la realidad en las instalaciones y federaciones sigue siendo el desamparo para cientos de niñas, niños y jóvenes que hoy sueñan con emular a Del Toro sin un centavo de respaldo real.
El histórico podio de Isaac del Toro en el Tour de Francia nos pertenece a todos, sí, pero de una forma muy particular: pertenece a su familia, a su disciplina y a su férrea voluntad.
No le pertenece a la CONADE ni a la narrativa oficialista que hoy intenta subirse de última hora a la bicicleta del triunfo.
Menos demagogia en las plataformas digitales, menos fotos oportunistas y mucha más vergüenza institucional.
Si Rommel Pacheco y la 4T realmente quisieran honrar el éxito de “El Torito”, lo congruente sería dejar de parasitar los triunfos ajenos y garantizar, de una vez por todas, presupuestos dignos para que ningún otro talento mexicano tenga que mendigar apoyos para triunfar en el mundo.
Ahora viene el proceso rumbo a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 y ahí se verá el apoyo real de la CONADE y de Pacheco para Del Toro.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
México paga, Argentina critica
El debate sobre la presencia de futbolistas y directores técnicos procedentes de Argentina en la Liga Mx suele avivarse cada vez que los micrófonos y las redes sociales cruzan fuego dialéctico entre ambos países.
Tras los constantes ataques, descalificaciones y recurrentes campañas desde ciertos sectores de la prensa y las aficiones albicelestes, donde con ligereza se tacha al aficionado mexicano de envidioso o acomplejado, la pregunta inevitable brota con fuerza: ¿Debería el balompié azteca cerrarles de una vez por todas las puertas?
La narrativa instalada desde el Cono Sur suele pecar de una amnesia interesada. Se nos acusa de mirar con recelo su estilo, su famosa “garra” y su pasión desmedida, cuando la realidad del mercado cuenta una historia diametralmente opuesta.
Para el futbolista argentino, inmerso de forma crónica en un entorno de profunda precariedad económica, inflación galopante y ligas locales desfinanciadas, la Liga MX representa el “Sueño Dorado financiero”.
Aquí encuentran contratos millonarios, estabilidad y un poder adquisitivo que jamás podrían soñar en sus clubes de origen.
La paradoja es evidente y constante. Mientras públicamente se menosprecia el nivel competitivo del fútbol mexicano los despachos de los clubes más poderosos de Buenos Aires miran obsesivamente hacia México para pescar talento o repatriar ídolos a precio de saldo. Ejemplos sobran: desde los intentos de River Plate por seducir a figuras como Ángel Correa en Tigres apelando al romanticismo del “aguante”, pero retorciéndose a la hora de poner sobre la mesa una cláusula de rescisión que supera los 15 millones de dólares, hasta los viejos movimientos de Boca Juniors operando de la misma manera para arrebatarle piezas clave al América como en su día ocurrió con Darío “Pipa” Benedetto. Quieren la calidad y el dinero de México, pero desprecian la mano que les alimenta.
Ante este panorama, la tentación de cerrar la llave económica surge no desde el resentimiento, sino desde la dignidad deportiva y comercial.
Un par de torneos sin el flujo constante de futbolistas, técnicos y promotores argentinos serviría como un ejercicio revelador. Demostraría, sin lugar a dudas, que el verdadero motor de esta relación es puramente económico y que la supuesta superioridad moral futbolística se desvanece cuando se contrasta con la realidad financiera.
Sin embargo, el dilema para la Liga MX va más allá de un berrinche nacionalista. El problema de fondo no es el pasaporte del jugador que llega, sino la falta de proyecto y la comodidad de los directivos locales, quienes prefieren importar veteranos o apuestas seguras del sur antes de invertir con paciencia y rigor en la formación de la cantera mexicana.
Cerrar las puertas por decreto quizás sea una medida drástica, pero el mensaje debe ser claro. La Liga MX sostiene con billetes verdes una industria que allá se desmorona; ya es hora de que se exija respeto para el producto mexicano y de que el talento local reciba el protagonismo que se le niega por culpa de una dependencia crónica del mercado exterior. ¿Quién terminaría envidiando a quién?La respuesta, con los números de la economía sobre la mesa, es tan clara como incómoda para quienes viven del discurso.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
El regreso a la realidad: la Liga MX nos llama
Se acabó el brillo del Mundial, las luminarias de las superestrellas globales se apagan y los reflectores regresan a nuestro fútbol azteca. Adiós a la expectativa de ver a Haaland o a la nostalgia de seguir los pasos de Messi y Cristiano; es momento de retomar nuestra “bendita” Liga MX, esa que no entiende de lógica, pero sí de una pasión incondicional que arranca este jueves.
Es momento de cambiar los estadios de clase mundial por el aire fresco del Estadio Victoria, el Estadio Akron o la imponente, aunque ahora compartida, casa del Coloso de Santa Úrsula.
Sin duda, la nota más romántica, y a la vez incierta, es el regreso del Atlante. Tras 12 años en el exilio de la división de plata, los Potros de Hierro vuelven al máximo circuito de la mano de Miguel “Piojo” Herrera.
Es una apuesta arriesgada y llena de morbo que pondrá a prueba si este Atlante llega para ser protagonista o solo espectador.
En Coapa, la presión no conoce vacaciones. El América entra al Apertura 2026 con un proyecto fresco comandado por Guillermo Almada, un estratega que sabe exprimir al máximo a sus planteles.
La “sed de revancha” es el motor azulcrema, especialmente tras un periodo de reconstrucción que ha sido frenado por el Mundial.
Con la mayoría de sus mundialistas reportando apenas días antes del debut, el equipo vuela bajo, pero con la obligación de demostrar que el cambio en el banquillo no es un simple parche, sino el inicio de una nueva era de dominio.
Por su parte, el Guadalajara parece haber entendido que la estabilidad es su mejor activo. Manteniendo la base del torneo anterior y sumando piezas interesantes como Jordan Carrillo y Kevin Castañeda, el Rebaño de Gabriel Milito busca consolidarse.
A diferencia de otros grandes que están en plena reestructuración, Chivas llega con la lección aprendida: en un torneo tan corto y volátil, tener un equipo que se conoce de memoria puede ser la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Finalmente, el Atlas de los nuevos dueños llega envuelto en una aureola de misterio y ambición. La directiva ha apostado fuerte, destacando la llegada del marroquí Ryan Mmaee, un delantero con cifras goleadoras imponentes en el fútbol de Chipre.
Los Zorros no quieren ser comparsa; bajo esta nueva administración, el equipo busca sacudirse la medianía con fichajes internacionales que prometen dar espectáculo. Habrá que ver si esta mezcla de talento extranjero y la mística rojinegra es suficiente para pelear los primeros puestos.
El torneo arranca. Quizás ya no tengamos el nivel de una final de Copa del Mundo, pero tenemos el Necaxa vs. Atlante, tenemos la incertidumbre del debut y la esperanza renovada de ver a nuestro equipo favorito levantar el trofeo en diciembre. Porque, al final, esta es nuestra realidad, y no la cambiaríamos por nada.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
