Opinión
El Día de Fernando Valenzuela: Un acto de poder político y celebración cultural
El 1 de noviembre, conocido en México como el día anterior a la celebración del Día de los Muertos, se ha convertido en una fecha de gran significado para la comunidad mexicano-estadounidense en California.
El gobernador Gavin Newsom ha declarado este día como el Día de Fernando Valenzuela, un acto que va más allá de un simple reconocimiento deportivo. Esta decisión, con sus profundas implicaciones políticas, económicas y sociales, se interpreta como un desafío directo al legado de la administración de Donald Trump, conocida por sus políticas migratorias restrictivas.
La dimensión política: Un desafío a la narrativa anti-inmigrante
El gesto de Newsom, al honrar a un ícono mexicano, es una declaración política audaz que se contrapone directamente a las políticas de la administración de Donald Trump. La proclamación del Día de Fernando Valenzuela en California envía un mensaje de inclusión y respeto hacia la comunidad inmigrante, un claro contraste con la retórica de construcción de muros y la demonización de los inmigrantes que caracterizaron la presidencia de Trump.
Este acto no es meramente simbólico, sino que busca solidificar el apoyo del electorado méxico-americano, que en California representa una fuerza demográfica y electoral crucial. Al reconocer la contribución cultural de una figura como Valenzuela, Newsom se posiciona como un defensor de los valores de diversidad e integración.
Este reconocimiento va más allá de un simple nombramiento. Es una estrategia para marcar una identidad política distinta a la del gobierno federal republicano. California, un estado con una de las mayores poblaciones méxico–americanas y jaliscienses en los Estados Unidos, utiliza el poder de su gobernador para proyectar una visión alternativa de Estados Unidos: una en la que la herencia cultural mexicana es celebrada, no estigmatizada. Al honrar a Valenzuela, Newsom está validando la experiencia de millones de inmigrantes y sus descendientes, enviando un mensaje de bienvenida y pertenencia en un clima político a menudo hostil. La elección de la fecha, el 1 de noviembre, justo antes del Día de los Muertos, es una genialidad política que une el reconocimiento deportivo con una profunda tradición cultural, haciendo el mensaje aún más resonante y significativo para la comunidad.
La proclamación de este día es un acto de diplomacia interna que busca fortalecer los lazos entre el estado de California y la comunidad mexicana. El legado de Valenzuela sirve como un puente cultural, y su reconocimiento oficial por parte del estado demuestra un compromiso con la diversidad. En un momento de polarización, esta acción de Newsom es un intento de construir puentes, no muros, y de reafirmar que la identidad californiana está intrínsecamente ligada a la herencia mexicana y latina. Este gesto estratégico subraya la autonomía de los estados para establecer sus propias agendas y valores en contraposición a las políticas federales, demostrando que California es una potencia que puede desafiar y ofrecer una narrativa alternativa.
En el contexto de la política estadounidense, donde la inmigración es un tema central y divisivo, la decisión de Newsom de honrar a Valenzuela es un claro desafío ideológico. Es un rechazo a la idea de que la cultura y los logros de los inmigrantes deben ser marginados. En cambio, Valenzuela es elevado al estatus de un héroe estatal, su historia de éxito se convierte en un símbolo del sueño americano, redefinido para incluir la experiencia inmigrante. Al hacer esto, Newsom no solo está celebrando a un deportista, sino que está reivindicando la contribución de los inmigrantes a la sociedad estadounidense, utilizando a una figura universalmente querida para ganar la batalla por los corazones y mentes de los votantes en un estado clave.
El impacto económico: El poder del mercado latino
La “Fernandomania” no fue sólo un fenómeno deportivo, fue un catalizador económico masivo para los Dodgers y la ciudad de Los Ángeles. La llegada de Valenzuela en 1981 atrajo a una base de fanáticos completamente nueva, compuesta por inmigrantes mexicanos y sus familias, muchos de los cuales nunca habían asistido a un juego de béisbol. La afluencia de esta audiencia se tradujo en un incremento exponencial en la venta de boletos, llenando el Dodger Stadium de una energía sin precedentes. Este nuevo mercado demostró su poder adquisitivo no sólo en entradas, sino también en la compra de merchandising de los Dodgers, desde gorras hasta camisetas con el número 34, creando una nueva fuente de ingresos para la franquicia.
El impacto económico de Valenzuela se extendió más allá del estadio. Los derechos de transmisión de los juegos de los Dodgers se volvieron inmensamente valiosos para el mercado méxico-americano, y mexicano, sobre todo, lo que llevó a las cadenas de televisión a invertir en transmisiones en español. Esto no sólo aumentó los ingresos por publicidad, sino que también expandió el alcance y la influencia de la marca Dodgers en toda América Latina.
La proclamación del Día de Fernando Valenzuela reconoce oficialmente este legado económico, celebrando cómo un solo jugador pudo desbloquear el poder del mercado latino, un poder que sigue siendo un pilar de la economía de California.
La relación entre los Dodgers y la comunidad mexicana y méxico-americana es un modelo de éxito de marketing y compromiso comunitario. Al honrar a Valenzuela, el estado de California está validando la estrategia de los Dodgers, que han cultivado esta relación a lo largo de décadas. El hecho de que la organización se haya manifestado en contra de políticas anti-inmigrantes, como al rechazar la entrada de agentes del ICE a sus instalaciones, ha fortalecido el vínculo de lealtad con su base de fanáticos latinos. Este apoyo mutuo es un ejemplo de cómo una organización deportiva puede alinear sus valores con los de su comunidad, creando una relación simbiótica que beneficia a ambas partes económica y socialmente.
El legado de Valenzuela es una lección para empresas y organizaciones sobre la importancia de la inclusión cultural. Su éxito mostró que invertir en figuras y eventos que resuenan con la comunidad méxico-americana no es sólo una cuestión de responsabilidad social, sino una estrategia comercial brillante. La conmemoración de este día es un recordatorio de que la diversidad es una ventaja económica, un motor de crecimiento que puede generar nuevas audiencias y lealtades. Al celebrar el impacto de Valenzuela, California está enviando un mensaje a todas las industrias de que reconocer y honrar las contribuciones de las comunidades minoritarias es crucial para el éxito en el siglo XXI.
El legado social: Un símbolo de orgullo y conexión
Fernando Valenzuela no es sólo un ícono deportivo, es un símbolo de esperanza y orgullo para la comunidad mexicana y méxico-americana. Su historia, la de un joven de un pequeño pueblo en Sonora que llegó a la cima del béisbol profesional en Estados Unidos, resonó profundamente con la experiencia de los inmigrantes y sus hijos. Su éxito en la Major League Baseball no fue visto simplemente como un logro personal, sino como una victoria colectiva. Al verlo dominar a los mejores bateadores, la comunidad sintió que sus propias luchas y aspiraciones estaban siendo representadas en el escenario más grande. La “Fernandomania” unificó a la comunidad méxico-americana, dándoles una figura a quien podían llamar “propia”.
El impacto de Valenzuela en la sociedad fue tan profundo que transformó la relación entre México y el béisbol en Estados Unidos. Antes de él, el béisbol no era el deporte más popular en México, pero su éxito creó una generación de fanáticos de los Dodgers. Su legado social es haber creado un puente cultural entre dos naciones, utilizando el deporte como un lenguaje universal. La gente en México siempre estuvo al pendiente para ver sus juegos, y la victoria de los Dodgers de 1981 fue celebrada con tanto fervor en México como en Los Ángeles. El Día de Fernando Valenzuela es una formalización de este lazo cultural, reconociendo que el deporte puede ser un poderoso vehículo para la conexión y la identidad cultural.
La relación entre los Dodgers y la comunidad latina se ha cimentado a lo largo de los años gracias a este legado. El equipo ha sido un aliado crucial para la comunidad, y su decisión de no permitir la entrada a agentes del ICE a sus instalaciones es una manifestación directa de este apoyo. Este acto de solidaridad resonó profundamente en la comunidad inmigrante, reforzando la percepción de que los Dodgers no son solo un equipo deportivo, sino un miembro activo y solidario de su comunidad. El Día de Fernando Valenzuela es una celebración de esta lealtad y apoyo mutuo, reconociendo cómo un equipo y una comunidad pueden unirse en defensa de valores compartidos.
En un sentido más amplio, el legado de Valenzuela es una narrativa de la diáspora mexicana en Estados Unidos. Su historia representa la perseverancia, el talento y la contribución de los inmigrantes que, a menudo, son marginados. La proclamación de este día es una afirmación de que la cultura mexicana y sus héroes son parte integral del tejido de California. Al celebrar a Valenzuela, el estado no solo está rindiendo homenaje a un deportista, sino que está reconociendo la historia y la identidad de millones de personas, haciendo un gesto de inclusión que trasciende el deporte y se convierte en una poderosa declaración social.
El vínculo de Jalisco y California: Una hermandad a través del béisbol
La trayectoria de Fernando Valenzuela en la Liga Mexicana de Beisbol, particularmente con los Charros de Jalisco, añade una capa más profunda a la relación cultural y política entre México, Jalisco y California. La historia de Valenzuela no se limita a su éxito en Los Ángeles; su paso por los campos mexicanos lo conecta directamente con el corazón de la afición mexicana. Al honrar a Valenzuela, Gavin Newsom no solo reconoce a la comunidad mexicana en California, sino que también establece un puente simbólico con Jalisco, un estado de México del cual provienen una gran cantidad de inmigrantes que han establecido sus vidas en California.
Esta conexión es estratégicamente valiosa para Newsom, ya que el apoyo de la comunidad jalisciense en California es significativo. El acto de honrar a su ídolo deportivo es percibido por esta comunidad como un reconocimiento directo de sus raíces y su identidad.
Los Charros de Jalisco no son sólo un equipo para los aficionados, son una institución que representa la cultura de la región. El hecho de que Valenzuela haya jugado para ellos refuerza la idea de que su legado está intrínsecamente ligado al espíritu de Jalisco. La proclamación del Día de Fernando Valenzuela es, por lo tanto, un acto que fortalece los lazos de esta hermandad cultural, proyectando a Newsom como un líder que comprende y valora la conexión transfronteriza.
El apoyo de esta comunidad a Newsom es una ganancia política significativa. Al celebrar a una figura que es tan querida en Jalisco, el gobernador californiano está enviando un mensaje de solidaridad y aprecio que resuena profundamente. Este gesto puede traducirse en una mayor participación electoral y apoyo a las políticas del Partido Demócrata, cimentando su base entre un electorado clave.
En un contexto donde las políticas migratorias son un tema central, la celebración de un ícono que une a ambos estados es un acto de poder blando, demostrando que la cooperación cultural puede ser una herramienta efectiva para la diplomacia y el fortalecimiento de alianzas políticas.
El legado de Valenzuela en los Charros de Jalisco simboliza la hermandad entre dos economías y sociedades. La migración de jaliscienses a California ha creado un flujo constante de personas, bienes e ideas, y el béisbol, a través de Valenzuela, ha servido como un punto de conexión emocional y cultural. El hecho de que el gobernador Newsom celebre esta conexión es una muestra de que California ve a Jalisco no sólo como un origen de inmigrantes, sino como un socio cultural y social.
Al honrar a la leyenda que unió a ambas regiones, Newsom refuerza su posición como un líder que fomenta la unidad y el respeto mutuo, desafiando cualquier intento de división y celebrando la rica historia compartida.
Sobre el autor
Fernando Arango Ávila es jurista y académico. Doctor en Ciencias de lo Fiscal, y actualmente cursa un posdoctorado en Derecho. Actualmente, combina su experiencia práctica con su labor investigativa. Escribe: drarango83@gmail.com.
Opinión
La Leyenda de Plata cumple 109 años
¡Hablar de la baraja luchística nacional es mencionar obligatoriamente a una de las máximas insignias del deporte espectáculo! Este 23 de septiembre, los encordados se visten de gala y la afición mexicana se une en una sola voz para conmemorar el 109 aniversario del natalicio de Rodolfo Guzmán Huerta, el hombre que transformó su identidad para convertirse en la inmortal Leyenda de Plata: ¡El Santo!
Originario de Tulancingo, Hidalgo, y forjado en el barrio bravo de Tepito, el quinto de los hermanos Guzmán Huerta jamás imaginó que aquel joven entusiasta del béisbol y el futbol americano encontraría en el pancracio su trinchera definitiva.
Tras probar suerte bajo distintos nombres, como Rudy Guzmán o El Murciélago II, fue de la mano de Jesús Lomelí que comenzó a escribirse la leyenda detrás de la icónica máscara plateada.
Del cuadrilátero a la pantalla grande
El Santo portó con orgullo campeonatos nacionales en las divisiones de peso medio, wélter y semicompleto, además de formar parejas memorables con figuras como el Rayo de Jalisco.
Sin embargo, su figura rebasó rápidamente las cuatro esquinas del cuadrilátero.
El Enmascarado de Plata trascendió las fronteras de la lucha libre para convertirse también en estrella del cine, protagonizando más de 50 películas en las que enfrentó vampiros, momias, científicos, monstruos y seres de otros mundos.
Así construyó una imagen que mezcló al luchador con el justiciero y lo convirtió en uno de los personajes más reconocibles de la cultura popular mexicana.
Durante décadas, su máscara plateada dejó de pertenecer únicamente a las arenas para aparecer en historietas, carteles, películas y en el imaginario colectivo de varias generaciones.
El Santo nunca perdió la máscara
Rodolfo Guzmán Huerta se retiró de los encordados en 1982, después de una carrera que lo convirtió en referente indiscutible de la lucha libre mexicana.
El misterio alrededor de su rostro permaneció prácticamente intacto hasta el final. Poco antes de su muerte mostró públicamente parte de su identidad en televisión, en uno de los momentos más recordados de su historia.
Murió el 5 de febrero de 1984 y fue sepultado con su inseparable máscara plateada.
Su legado continuó dentro del cuadrilátero a través de su hijo, El Hijo del Santo, quien mantuvo viva una de las dinastías más reconocidas de la lucha libre nacional.
Una leyenda que sigue sobre la lona
A 109 años de su nacimiento, las arenas de México todavía respiran su mística.
Tulancingo mantiene viva la memoria de uno de sus hijos más célebres, mientras que generaciones de aficionados siguen reconociendo aquella máscara plateada que convirtió a un luchador en símbolo de toda una época.
Y en Qucho.com lo recordamos como siempre fue para millones de aficionados: un héroe surgido de los encordados, protagonista de innumerables batallas y eterno dueño de la Leyenda de Plata.
Porque mientras exista una arena, una máscara y alguien que se emocione cuando escuche el tradicional “¡Lucharán a dos de tres caídas, sin límite de tiempo!”, El Santo seguirá subiendo al cuadrilátero en la memoria de México.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
La Sinfonía Colectiva del Rebaño y la batuta de Gabriel Milito
Hay torneos donde los equipos se arman a golpe de chequera y dependencia individual, y luego hay proyectos que nacen desde la pizarra y la convicción profunda.
En este Apertura 2026, el Guadalajara de Gabriel Milito ha dejado de ser una promesa intermitente para convertirse en el equipo mejor trabado de la Liga MX.
Con el orgullo intacto tras haber rozado el liderato general de la competencia y consolidado una racha arrolladora que incluyó una contundente victoria ante Pumas, el Rebaño Sagrado pisa la grama del Estadio Azteca con la jerarquía de ser el colectivo más fiable del campeonato.
Mientras una buena parte de los 18 clubes de la Primera División descansan su suerte en destellos aislados o en la dependencia absoluta de una o dos figuras rutilantes, el sello de Milito en Chivas es radicalmente distinto.
El estratega argentino ha conseguido algo complejo en el fútbol mexicano: una idea de juego fija e inquebrantable. Juegue quien juegue, el funcionamiento no se negocia. La presión tras pérdida, la sincronía en la salida y la ocupación inteligente de los espacios operan como un reloj suizo.
Esa identidad inamovible tiene este fin de semana su examen más exigente en el Clásico Nacional ante el América. Un triunfo rojiblanco no solo devolvería a los tapatíos a la cúspide de la tabla general, sino que consagraría matemáticamente al proyecto que mejor fútbol ha desplegado en esta primera mitad del certamen.
El gran mérito de este momento futbolístico no recae exclusivamente en el libreto táctico, sino en la frescura desbordante de sus joyas de fuerzas básicas. Santiago Sandoval vive un estado de gracia absoluta, evidenciado en su reciente doblete y su olfato letal en el área, bien secundado por la inteligencia y el vértigo de Hugo Camberos en la zona de creación.
Ambos juveniles se han echado al equipo al hombro sin perder el piso, guiados por la firme advertencia de su técnico: la humildad no se negocia.
A esto se le suma una noticia capital para el banquillo rojiblanco: la enfermería comienza a vaciarse. La recuperación de elementos fundamentales como Bryan González y Richard Ledezma dota a Milito de un fondo de armario envidiable.
Tener variantes de jerarquía permite sostener la intensidad física durante los noventa minutos, un hándicap que solía castigar al Guadalajara en torneos anteriores.
Las estadísticas respaldan el buen momento del Rebaño, que pisa fuerte en los primeros puestos con 17 unidades y argumentos futbolísticos de sobra. Enfrente estará el acérrimo rival, herido y obligado, pero con la inercia de depender de chispazos individuales.
El Clásico de este sábado no es un partido cualquiera. Es la oportunidad perfecta para que Chivas confirme que su liderato fugaz fue solo el preludio de una realidad innegable: en el césped, el fútbol colectivo siempre termina pesando más que las individualidades. Si el Guadalajara mantiene la concentración y la memoria táctica, el vuelo de las Águilas chocará contra una muralla de idea, talento y fervor rojiblanco.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
La Liga MX flaquea (otra vez) en la Leagues Cup
Cada temporada, el inicio de la Leagues Cup nos sacude con la misma ilusión y, casi de manera irremediable, desemboca en la misma frustración colectiva para el fútbol mexicano.
A medida que el torneo avanza y nos acercamos a la recta final de su primera fase, los equipos de la Major League Soccer (MLS) vuelven a inclinar la balanza a su favor, acumulando triunfos clave y dejando en evidencia que, para los clubes de la Liga MX, competir en el país vecino del norte es mucho más que un simple partido de fútbol: es un laberinto logístico y deportivo del que parecen no saber cómo salir.
Reducir el dominio de la MLS en este certamen a una cuestión de falta de calidad técnica sería un análisis superficial e injusto. Si bien el crecimiento de la liga estadounidense es innegable —con una infraestructura envidiable, estadios llenos y planteles cada vez más competitivos—, el factor geográfico y organizativo juega un papel lapidario.
Los equipos mexicanos cargan con el desgaste de una mudanza constante. Mientras los conjuntos de la MLS duermen en sus camas, entrenan en sus instalaciones habituales y se benefician del apoyo incondicional de jugar como locales, los representantes de la Liga MX se convierten en feriantes del balón: vuelos interminables, cambios de horario, hoteles impersonales y canchas con superficies sintéticas a las que no siempre se adaptan.
Como bien lo han señalado diversos estrategas, el torneo se convierte en una auténtica “carnicería física” para el futbolista debido al trajín de los traslados. Pretender que compitan al ciento por ciento de su capacidad bajo ese ritmo es ignorar la fisiología humana más básica.
Otro de los puntos de quiebre en la recta final de la fase inicial es el momento físico y emocional en el que ambos torneos se encuentran. La MLS está en pleno corazón de su temporada, con un ritmo competitivo feroz, una maquinaria aceitada y planteles diseñados específicamente bajo el tope salarial y las reglas de su propio ecosistema.
Por el contrario, la Liga MX suele arrancar su participación con el torneo doméstico recién comenzado. En el momento en que se definen los boletos a la fase de eliminación directa, los altibajos tácticos y la falta de rodaje colectivo de los equipos mexicanos se pagan caros.
A esto se suma un reglamento que no perdona: la prohibición del empate y la resolución exprés en tanda de penales han demostrado premiar la resiliencia y el conocimiento milimétrico de las condiciones de localía que manejan los clubes norteamericanos.
La Liga MX sigue viviendo de los destellos individuales de sus figuras y del peso histórico de sus instituciones, pero el fútbol moderno se alimenta de planeación, logística y equidad de condiciones.
Si el torneo binacional pretende ser una verdadera fiesta de integración y competencia regional, las reglas del juego tendrán que revisarse y el reparto de la localía deberá equilibrarse de forma real.
Hasta que eso ocurra, los equipos mexicanos seguirán chocando contra el mismo muro invisible en la recta final de la primera fase. La Leagues Cup, más que una oportunidad de revancha, se ha convertido en un espejo incómodo que le recuerda al balompié azteca que la chequera, la comodidad logística y la planeación institucional de la MLS ya no están un paso atrás, sino que le han tomado ventaja de manera implacable.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
El descaro de colgarse medallas ajenas
Hay gestos que retratan de cuerpo entero la miseria institucional del deporte mexicano. El histórico y titánico tercer lugar de Isaac del Toro en el Tour de Francia no es solo una gesta sin precedentes para el ciclismo nacional; es, sobre todo, una cachetada con guante blanco a la desidia gubernamental.
Sin embargo, fiel a la más rancia escuela del oportunismo político, la maquinaria de la llamada Cuarta Transformación (4T) no tardó en activar su aparato de relaciones públicas para intentar capitalizar un éxito en el que jamás creyeron, ni mucho menos invirtieron.
La más reciente y bochornosa muestra de ello provino de las redes sociales del director de la CONADE, Rommel Pacheco. Con la ligereza de quien presume un logro propio, el ex clavadista se apresuró a publicar un mensaje triunfalista acompañado de una fotografía junto al ciclista, intentando vender la narrativa de un Estado benefactor que cobija a sus talentos.
Durante la etapa formativa y los años más oscuros y tortuosos de preparación para Isaac del Toro, la CONADE brilló por su absoluta y cruel ausencia.
Como bien lo denunció en su momento, con indignación, el padre del atleta, José del Toro, el camino de “El Torito” se pavimentó a base de sacrificios familiares, de tocar puertas infinitas y de cubrir de su propio bolsillo inscripciones, viáticos y pasajes.
Para el aparato oficial, el hoy héroe nacional era invisible. La única “ayuda” gubernamental que la familia recordaba tras múltiples ruegos fue una miseria inferior a los 2,000 pesos; una limosna institucional que retrata la humillación a la que se somete sistemáticamente a los deportistas de alto rendimiento en México.
Lo ocurrido con Rommel Pacheco y la 4T no es un hecho aislado, sino la repetición sistemática de una fórmula propagandística: abandonar en el calvario presupuestal al atleta y aparecerse puntualmente con la chequera de los aplausos y los reflectores cuando la gloria ya fue conquistada con esfuerzo privado.
Pretender colgarse la medalla de bronce del Tour de Francia, un logro forjado en las exigentes rutas europeas, gracias al talento innato del ciclista y al soporte de estructuras internacionales, es una falta de respeto a la inteligencia de los mexicanos.
Es muy cómodo tomarse la foto con el deportista consagrado, sonreír para la posteridad y colgarse medallas ajenas, cuando la realidad en las instalaciones y federaciones sigue siendo el desamparo para cientos de niñas, niños y jóvenes que hoy sueñan con emular a Del Toro sin un centavo de respaldo real.
El histórico podio de Isaac del Toro en el Tour de Francia nos pertenece a todos, sí, pero de una forma muy particular: pertenece a su familia, a su disciplina y a su férrea voluntad.
No le pertenece a la CONADE ni a la narrativa oficialista que hoy intenta subirse de última hora a la bicicleta del triunfo.
Menos demagogia en las plataformas digitales, menos fotos oportunistas y mucha más vergüenza institucional.
Si Rommel Pacheco y la 4T realmente quisieran honrar el éxito de “El Torito”, lo congruente sería dejar de parasitar los triunfos ajenos y garantizar, de una vez por todas, presupuestos dignos para que ningún otro talento mexicano tenga que mendigar apoyos para triunfar en el mundo.
Ahora viene el proceso rumbo a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 y ahí se verá el apoyo real de la CONADE y de Pacheco para Del Toro.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
