Opinión
“El ‘Guapo’ de México: Jalisco, de Gigante Económico a Guardián de la Cultura”
El Grito del Padre Mexicano: Un Recordatorio para el Texas Americano
En el imaginario de la América del Norte, se ha erigido una falsa narrativa de poder. Se ha olvidado que el vasto territorio del sur de Estados Unidos es, en esencia, un hijo del padre mexicano. Jalisco y Texas, dos hermanos nacidos de la misma cuna, tomaron caminos diferentes. Pero mientras uno se quedó a cuidar a un padre convulso, el otro decidió buscar un destino bajo el amparo de un nuevo protector, olvidando que su fuerza actual es prestada y que su verdadera esencia cultural proviene de su hermano mayor, Jalisco.
Esta es la historia de una hermandad fracturada por la ambición y la lejanía. Mientras Jalisco se aferraba a su identidad y luchaba por su autonomía frente a un gobierno centralista que lo asfixiaba, Texas, la región más despoblada y vulnerable de su nación, optó por la secesión. Fue un camino de desesperación que culminó en la adopción por parte de un nuevo padre, Estados Unidos, un movimiento que, si bien le trajo una prosperidad material, le costó su alma y su memoria.
El regaño que Jalisco le lanza hoy a Texas no es un acto de resentimiento, sino un llamado a la conciencia. Es un recordatorio de que, aunque la geografía los separe y un siglo de historia los haya distanciado, su linaje es el mismo. Los cimientos de la identidad texana están empapados en la historia de la Nueva España y, en particular, en la de su hermano mayor, una historia que Texas se ha empeñado en borrar para encajar en la narrativa del sueño americano, olvidando el peso de su origen.
Jalisco: El Padrino Económico y Cultural
El poder de Jalisco no es una simple metáfora, sino una realidad palpable. Con un Producto Interno Bruto (PIB) que alcanza los 128 mil millones de dólares, Jalisco no solo supera a estados como Dakota del Sur, Wyoming, Vermont, Alaska o Dakota del Norte, sino que su economía es más robusta que la de países enteros. Su dinamismo y su capacidad de producción demuestran que la verdadera riqueza no reside en la extensión territorial, sino en la resiliencia, el ingenio y la identidad de su gente.
Más allá de los números, la potencia de Jalisco radica en su espíritu emprendedor e innovador. Conocido como el “Silicon Valley de México”, el estado ha cimentado un ecosistema tecnológico que rivaliza con los centros de innovación de América del Norte. Este motor económico, alimentado por el talento y la visión jalisciense, es la prueba de que se puede construir un futuro próspero sin tener que renunciar a las tradiciones. Es un modelo que demuestra que la modernidad y la cultura pueden caminar de la mano, creando una fuerza imparable.
A diferencia de Texas, que huyó para encontrar un “padre adoptivo” más fuerte, Jalisco decidió quedarse y luchar. Se aferró a México, a pesar de que el país nunca ha logrado ser la potencia mundial que le prometían sus ideales. Jalisco aceptó al padre que le tocó, con todos sus defectos y problemas, demostrando su lealtad y su capacidad de subsistencia. No pidió ayuda ni protección, se levantó solo, construyendo su prosperidad con la fuerza de su gente, no con la de un extranjero.
Esa es la diferencia de un verdadero gigante. Jalisco ha navegado un mar de tejidos sociales rotos, de injusticias, de una delincuencia rampante y de la dolorosa realidad de los desaparecidos. Ha vivido con la frustración de un país que es solo “potencia mundial” en el discurso, pero ha transformado cada adversidad en un grito de desafío, en una oportunidad para reafirmar que su poder no es una casualidad. Su poder es una elección. Es el poder de la resistencia, de la identidad inquebrantable que se niega a doblarse ante la adversidad.
Un Estado que Desafía el Miedo Político en Estados Unidos
El poder de Jalisco ha comenzado a generar un miedo político en el sistema de Estados Unidos. Es el miedo a la fuerza demográfica y cultural que emana del estado mexicano. Los jaliscienses que han migrado a Estados Unidos no se han diluido en la cultura del país, sino que la han enriquecido, creando comunidades vibrantes y poderosas. La cultura jalisciense, con su música, su comida, sus tradiciones y su identidad, ha permeado cada rincón de la unión americana. Se ha convertido en un fenómeno cultural que no se puede ignorar.
Este fenómeno ha generado una ansiedad en el sistema político estadounidense. El miedo a una fuerza demográfica con un vínculo tan fuerte con un estado extranjero es una realidad. Sin embargo, Jalisco se alza como el guardián de la cultura que redefine la política de Norteamérica. Un guardián que, con cada hijo que emigra, con cada mariachi que canta, con cada taco que se prepara, le recuerda a Estados Unidos que la verdadera fuerza reside en la identidad y en la historia. Jalisco es un estado que demuestra que la cultura no es un simple folclor, sino una herramienta de poder que puede redefinir el destino de una nación. Su nombre, por derecho propio, se ha convertido en sinónimo del orgullo de México.
El Regaño de Jalisco: De Charro a Cowboy
Es hora de un regaño fraterno. Texas, en su arrogancia, ha olvidado sus raíces. Se siente superior, pero su poder no es intrínseco. No es más que un “hijo adoptado”, que prosperó gracias a su nuevo padre, Estados Unidos. Que no se le olvide que, sin esa adopción, seguiría siendo la parte más pobre de la extinta Coahuila y Texas. Es un poder prestado, no ganado.
Jalisco, desde su posición de hermano mayor, tiene la autoridad moral para recordarle a Texas que un “charro” es más que un “cowboy”. El charro no solo domina al caballo, también bebe a boca de jarro, amansa becerros y es tequilero por tradición. Es el símbolo de la auténtica masculinidad mexicana, de la tierra y del trabajo. Es la esencia de un pueblo que se levanta sin ayuda, con su propio esfuerzo. El cowboy, en cambio, es la imagen de una prosperidad que, en el caso de Texas, ha sido alimentada por la adopción y el abandono de su linaje original.
No hay que confundir el orgullo con la identidad. El cowboy presume de una imagen prestada, de una figura genérica sin raíces. En cambio, el charro es la encarnación de la historia de un pueblo, de una cultura que no se compra ni se vende. Texas se jacta de haber sido una república independiente por nueve años, un destello en la historia que le dio una falsa sensación de grandeza. Pero la realidad es que, durante esos nueve años, su cultura, su música, su comida y hasta su valentía, no eran suyas: eran un regalo que le daba su hermano mayor, Jalisco, y de MEXICO EL CONVULSO PADRE DE AMBOS.
Un verdadero hombre no es aquel que se jacta de un traje que le queda grande, sino el que con su valor, su trabajo y su honor construye su propio legado. La hombría del charro jalisciense reside en su alma de guerrero, forjada en la lealtad y en la defensa de su tierra. No necesita un sombrero de fantasía ni una narrativa de gloria ajena. Su hombría es inherente, se demuestra en su arte con la reata, en su respeto por la tradición y en su profunda conexión con sus raíces. El cowboy, en cambio, es un simple actor en un drama ajeno, una réplica sin el alma que solo se obtiene con el linaje y la historia.
Y no se trata de una competencia de tamaño, porque en esa comparación, Texas sale perdiendo. Puede que Texas sea más grandote, pero Jalisco es el hermano mayor, y la belleza no se mide en kilómetros cuadrados. Jalisco es más guapo, más fuerte y más valiente porque su hermosura es la de un hombre maduro que ha forjado su carácter en la adversidad. Texas, por su parte, es un joven altivo que se cree superior por su tamaño, pero que carece de la esencia, el arte y el carisma de su hermano mayor. El atractivo de Jalisco es un atractivo de fondo, un encanto que no necesita gritar ni presumir, porque su grandeza se siente, se vive y se admira.
La Lucha Fraterna: Jalisco Apoya a California
Ante la deshonra de un hermano que manipula a su propio electorado, Jalisco se une a su otro hermano, California, en un acto de solidaridad. Desde los tiempos de los primeros colonos jaliscienses que se aventuraron a la Alta California, el pueblo de Jalisco ha dotado a esa tierra de una valentía inquebrantable, una resiliencia que se niega a ser doblegada. No en vano, la inmensa comunidad de jaliscienses en California ya sea en Los Ángeles, San Francisco o San Diego, es un recordatorio vivo de un lazo que ni las fronteras ni la política pueden romper.
La manipulación electoral en Texas es un ataque a la democracia, y el gobernador Gavin Newsom, a quien Jalisco considera su sobrino, lo entiende. Newsom es sobrino de Jalisco porque nació en la tierra de su hermano menor, California, el 10 de octubre de 1967 en San Francisco. Al igual que el expresidente Barack Obama, quien elogió su “inteligente y mesurada” propuesta para defender la voluntad del votante, Newsom ha alzado la voz. Si bien la propuesta de Newsom tiene sus críticos, Jalisco lo ve como un acto de coraje. Como cantara el gran Vicente Fernández, el ídolo de todos los jaliscienses:
“Dicen que somos malditos, eso es nomas por hablar, somos hombres que cumplimos, no nos sabemos dejar.”
Esta frase es el estandarte de Jalisco, una declaración de principios que defiende la dignidad y la justicia, incluso si eso significa confrontar a un hermano que ha perdido el camino. Por eso, alza la voz para recordarle a Texas que su verdadero poder no está en las manipulaciones políticas, sino en el respeto a la herencia que ambos comparten y en la defensa de los valores democráticos que un día los unieron.
Pero la alianza de Jalisco con California va más allá de un simple apoyo moral. Es un respaldo a su “sobrino” Gavin Newsom, quien ha tomado la bandera de la defensa democrática en la batalla contra el centralismo político de Texas. Y en esta batalla, los jaliscienses demuestran que no le hacen los mandados a nadie. El verso de Vicente Fernández no es una confesión de derrota, sino un grito de victoria.
La “migra” podrá haberlos agarrado, pero jamás los domó, y en un acto de suprema dignidad, se levantaron para que el sistema les hiciera “los mandados”.
La música ranchera jalisciense se alza como el himno de esta resistencia. No es solo una canción, es una declaración de principios. En el verso de Vicente Fernández, resuena la promesa de que la dignidad, una vez arrebatada, se cobra con creces:
“La migra a mí me agarró, trescientas veces digamos. Pero jamás me domó, a mí me hizo los mandados. Los golpes que a mí me dio, se los cobré a sus paisanos.”
En esta guerra por el alma de América, Jalisco y California demuestran que el poder no radica en la sumisión, sino en la resistencia. Los golpes que da Texas serán cobrados por sus propios paisanos, los mexicanoamericanos, que se alzarán con su voto y su voz. Así, el legado de Jalisco se mantiene vivo: no con la sumisión, sino con la resistencia.
Alex Padilla: Otro Sobrino de Jalisco en la Trinchera
La lucha por la democracia de California tiene otro gran aliado con sangre jalisciense en sus venas: el senador Alex Padilla. Su historia es un claro ejemplo de la resiliencia y el espíritu de superación que el pueblo de Jalisco ha inculcado en sus hijos. Habiendo ascendido desde una humilde cuna hasta las más altas esferas del poder en Washington D.C., Padilla representa a la perfección el triunfo del esfuerzo, una cualidad que heredó directamente de sus padres. Su padre, Santos Padilla, nació en el estado de Jalisco y emigró a Estados Unidos, y su madre, Lupe Padilla, lo hizo de Chihuahua, formando una familia trabajadora en California.
La trayectoria de Alex Padilla, quien ha pasado de ser miembro del Concejo Municipal de Los Ángeles a secretario de estado de California y finalmente senador de los Estados Unidos, resuena profundamente con los valores jaliscienses. Es un recordatorio de que la verdadera hombría y grandeza no se encuentran en la arrogancia, sino en la humildad y el servicio al pueblo. El senador no ha olvidado sus raíces ni el sacrificio de sus padres, y por ello ha dedicado su vida a defender los derechos de las comunidades que, como él, han luchado por un lugar en la mesa del poder. Él es, en esencia, un digno sobrino de Jalisco, que lleva en alto el nombre de su tierra y sus valores.
Alex Padilla, como un charro moderno, no solo representa a la comunidad mexicana, sino que encarna la tenacidad y el orgullo de una cultura. Su ascenso político en Estados Unidos no fue un acto fortuito, sino el resultado de una dedicación férrea, similar a la del charro que perfecciona su arte con disciplina y honor. Con la misma elegancia y aplomo con la que un charro se presenta en la plaza, Padilla se ha movido en la arena política, llevando consigo el peso de una herencia que se resiste a ser invisibilizada. No es solo un político, es un diplomático de la identidad, que con cada discurso y cada voto defiende el legado y el alma de un pueblo que se extiende mucho más allá de las fronteras de Jalisco. Su figura irradia la dignidad y la resiliencia de quienes han labrado un camino con su esfuerzo, manteniendo la mirada alta y el corazón anclado en sus raíces.
De igual manera, Alex Padilla proyecta la fuerza indomable de El Rayo de Jalisco, un luchador emblemático que defendía a los suyos en el cuadrilátero con valentía y destreza. Así como el legendario enmascarado se enfrentaba a los rivales más rudos, Padilla lucha en el Senado por los derechos y el bienestar de las comunidades que representa. Su batalla no se libra con llaves y contrallaves, sino con propuestas legislativas y negociaciones políticas, desvelando las injusticias y protegiendo a los más vulnerables. La imagen de El Rayo de Jalisco, con su máscara y su poder, evoca la figura de un guardián de la gente, un defensor anónimo que inspira esperanza y fortaleza. De la misma forma, Padilla, con su determinación y su labor incansable, se ha convertido en una figura tutelar para muchos, un símbolo de que las batallas más importantes se ganan con convicción y la inquebrantable voluntad de pelear por lo que es justo.
Conclusión: Un Destino Compartido, un Linaje Inolvidable
La historia de Jalisco, Texas y California es una lección de humildad y fraternidad. Texas, el hermano menor que creció “fortachón”, no debe olvidar que su fuerza actual es una cortesía de la geopolítica, no una proeza propia. Jalisco, con su resiliencia cultural y su poderío económico, se ha convertido en el verdadero guardián de la mexicanidad. Que no se le olvide a Texas que, aunque ahora ondee la bandera de las barras y las estrellas, el corazón que late en su pecho y el alma de su pueblo son, y siempre serán, jaliscienses, y de un país como México, que a pesar de los pesares siempre será el verdadero padre biológico de Jalisco, California y Texas. La historia no es un adiós, sino una pausa, una canción que promete un reencuentro que el destino, algún día, tendrá que cumplir.
Opinión
México paga, Argentina critica
El debate sobre la presencia de futbolistas y directores técnicos procedentes de Argentina en la Liga Mx suele avivarse cada vez que los micrófonos y las redes sociales cruzan fuego dialéctico entre ambos países.
Tras los constantes ataques, descalificaciones y recurrentes campañas desde ciertos sectores de la prensa y las aficiones albicelestes, donde con ligereza se tacha al aficionado mexicano de envidioso o acomplejado, la pregunta inevitable brota con fuerza: ¿Debería el balompié azteca cerrarles de una vez por todas las puertas?
La narrativa instalada desde el Cono Sur suele pecar de una amnesia interesada. Se nos acusa de mirar con recelo su estilo, su famosa “garra” y su pasión desmedida, cuando la realidad del mercado cuenta una historia diametralmente opuesta.
Para el futbolista argentino, inmerso de forma crónica en un entorno de profunda precariedad económica, inflación galopante y ligas locales desfinanciadas, la Liga MX representa el “Sueño Dorado financiero”.
Aquí encuentran contratos millonarios, estabilidad y un poder adquisitivo que jamás podrían soñar en sus clubes de origen.
La paradoja es evidente y constante. Mientras públicamente se menosprecia el nivel competitivo del fútbol mexicano los despachos de los clubes más poderosos de Buenos Aires miran obsesivamente hacia México para pescar talento o repatriar ídolos a precio de saldo. Ejemplos sobran: desde los intentos de River Plate por seducir a figuras como Ángel Correa en Tigres apelando al romanticismo del “aguante”, pero retorciéndose a la hora de poner sobre la mesa una cláusula de rescisión que supera los 15 millones de dólares, hasta los viejos movimientos de Boca Juniors operando de la misma manera para arrebatarle piezas clave al América como en su día ocurrió con Darío “Pipa” Benedetto. Quieren la calidad y el dinero de México, pero desprecian la mano que les alimenta.
Ante este panorama, la tentación de cerrar la llave económica surge no desde el resentimiento, sino desde la dignidad deportiva y comercial.
Un par de torneos sin el flujo constante de futbolistas, técnicos y promotores argentinos serviría como un ejercicio revelador. Demostraría, sin lugar a dudas, que el verdadero motor de esta relación es puramente económico y que la supuesta superioridad moral futbolística se desvanece cuando se contrasta con la realidad financiera.
Sin embargo, el dilema para la Liga MX va más allá de un berrinche nacionalista. El problema de fondo no es el pasaporte del jugador que llega, sino la falta de proyecto y la comodidad de los directivos locales, quienes prefieren importar veteranos o apuestas seguras del sur antes de invertir con paciencia y rigor en la formación de la cantera mexicana.
Cerrar las puertas por decreto quizás sea una medida drástica, pero el mensaje debe ser claro. La Liga MX sostiene con billetes verdes una industria que allá se desmorona; ya es hora de que se exija respeto para el producto mexicano y de que el talento local reciba el protagonismo que se le niega por culpa de una dependencia crónica del mercado exterior. ¿Quién terminaría envidiando a quién?La respuesta, con los números de la economía sobre la mesa, es tan clara como incómoda para quienes viven del discurso.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
El regreso a la realidad: la Liga MX nos llama
Se acabó el brillo del Mundial, las luminarias de las superestrellas globales se apagan y los reflectores regresan a nuestro fútbol azteca. Adiós a la expectativa de ver a Haaland o a la nostalgia de seguir los pasos de Messi y Cristiano; es momento de retomar nuestra “bendita” Liga MX, esa que no entiende de lógica, pero sí de una pasión incondicional que arranca este jueves.
Es momento de cambiar los estadios de clase mundial por el aire fresco del Estadio Victoria, el Estadio Akron o la imponente, aunque ahora compartida, casa del Coloso de Santa Úrsula.
Sin duda, la nota más romántica, y a la vez incierta, es el regreso del Atlante. Tras 12 años en el exilio de la división de plata, los Potros de Hierro vuelven al máximo circuito de la mano de Miguel “Piojo” Herrera.
Es una apuesta arriesgada y llena de morbo que pondrá a prueba si este Atlante llega para ser protagonista o solo espectador.
En Coapa, la presión no conoce vacaciones. El América entra al Apertura 2026 con un proyecto fresco comandado por Guillermo Almada, un estratega que sabe exprimir al máximo a sus planteles.
La “sed de revancha” es el motor azulcrema, especialmente tras un periodo de reconstrucción que ha sido frenado por el Mundial.
Con la mayoría de sus mundialistas reportando apenas días antes del debut, el equipo vuela bajo, pero con la obligación de demostrar que el cambio en el banquillo no es un simple parche, sino el inicio de una nueva era de dominio.
Por su parte, el Guadalajara parece haber entendido que la estabilidad es su mejor activo. Manteniendo la base del torneo anterior y sumando piezas interesantes como Jordan Carrillo y Kevin Castañeda, el Rebaño de Gabriel Milito busca consolidarse.
A diferencia de otros grandes que están en plena reestructuración, Chivas llega con la lección aprendida: en un torneo tan corto y volátil, tener un equipo que se conoce de memoria puede ser la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Finalmente, el Atlas de los nuevos dueños llega envuelto en una aureola de misterio y ambición. La directiva ha apostado fuerte, destacando la llegada del marroquí Ryan Mmaee, un delantero con cifras goleadoras imponentes en el fútbol de Chipre.
Los Zorros no quieren ser comparsa; bajo esta nueva administración, el equipo busca sacudirse la medianía con fichajes internacionales que prometen dar espectáculo. Habrá que ver si esta mezcla de talento extranjero y la mística rojinegra es suficiente para pelear los primeros puestos.
El torneo arranca. Quizás ya no tengamos el nivel de una final de Copa del Mundo, pero tenemos el Necaxa vs. Atlante, tenemos la incertidumbre del debut y la esperanza renovada de ver a nuestro equipo favorito levantar el trofeo en diciembre. Porque, al final, esta es nuestra realidad, y no la cambiaríamos por nada.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
México, ¿el mismo destino de siempre?
La Selección Mexicana terminó con su ciclo mundialista, que prometía una evolución, una reestructuración de fondo y un cambio de mentalidad. Terminó exactamente donde los fantasmas del pasado se sienten más cómodos: en los Octavos de Final.
Algunos se quedan con una “buena actuación” bajo el argumento de una fase de grupos decorosa. Sin embargo, en el análisis frío y honesto, lo que vimos fue la cruda repetición de un trauma cíclico.
México compitió mientras el nivel de exigencia era controlado, pero en el instante en que el muro de la jerarquía se presentó, el equipo simplemente se desplomó.
Fue el primer rival de peso real al que nos enfrentamos y, como tantas otras veces, el resultado fue la incapacidad de dar el paso adelante.
La derrota no fue obra de la mala suerte, sino de una cadena de errores puntuales en momentos que definen carreras y proyectos.
En la portería, la seguridad se convirtió en duda. La responsabilidad del guardameta en las jugadas decisivas fue evidente; en el Mundial no hay margen para errores técnicos cuando se enfrenta a delanteros de élite.
Edson Álvarez, como capitán y líder del mediocampo, se esperaba que fuera la brújula del equipo. En lugar de eso, su desempeño fue errático, carente de esa jerarquía necesaria para imponer condiciones frente a un rival superior.
Con Gilberto Mora, aunque el talento joven es necesario, la falta de experiencia le pasó factura. El escenario le quedó grande y, en la balanza final, su error en los momentos críticos pesó tanto que costó el segundo gol de los ingleses.
Pero el golpe de gracia no vino solo desde el campo, sino desde el banquillo. Javier Aguirre, con una trayectoria que debería haberle dotado de un aprendizaje profundo, volvió a tropezar con su propia sombra.
La decisión de retirar a Julián Quiñones, quien ofrecía desequilibrio y peligro constante, para dar entrada a Memo Martínez fue un movimiento que destruyó la estructura ofensiva del equipo justo cuando más necesitábamos presencia y peligro.
Es imposible no sentir un deja vu doloroso. Es el mismo Aguirre que, en el 2002, en el partido ante Estados Unidos decidió sacar a Ramón Morales para meter al “Matador” Luis Hernández, desarticulando el funcionamiento que nos había llevado a soñar.
Es el mismo Aguirre que en 2010 apostó por un Bofo Bautista sin ritmo, condenando al equipo a jugar con diez hombres ante Argentina. Parece que, para el “Vasco”, el aprendizaje es un concepto opcional. Los cambios no fueron solo errores tácticos; fueron una renuncia a la ambición, un mensaje de miedo enviado a sus propios jugadores.
Más allá de los nombres y los partidos, lo preocupante es la complacencia. Celebramos la victoria contra rivales menores, pero olvidamos que la excelencia no se mide contra los que están por debajo, sino contra aquellos que nos obligan a ser mejores.
México no perdió por azar; perdió porque sigue creyendo que el esfuerzo compensa la falta de estrategia y porque los líderes, tanto en el campo como en el banquillo, siguen tomando decisiones que pertenecen a otra época. Mientras sigamos confundiendo la “buena disposición” con la competitividad real, los Octavos de Final seguirán siendo nuestro techo de cristal, y el Mundial, nuestra eterna deuda pendiente.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
¿Y si sí? El sueño mexicano que desafía la historia
Lo de México contra Ecuador fue mágico. Desde que tengo uso de razón viendo futbol, es, quizás, la mejor actuación de mi selección en un partido mundialista.
Una gesta que nos eleva a los niveles más altos de entusiasmo, positivismo y fervor nacional.
Cada hombre elegido por Javier Aguirre para saltar al campo ha cumplido satisfactoriamente su misión. Aunque algunos nos quedamos con ganas de ver a Armando “La Hormiga” González, seguramente llegará su oportunidad.
Por su parte, Julián Quiñones se ha consolidado como el mejor futbolista de la convocatoria, cumpliendo con creces la expectativa tras su gran campaña en el futbol árabe.
Mención aparte merece Gilberto Mora: de ser una futura promesa, ha pasado en solo unos partidos a convertirse en una auténtica realidad y con apenas 17 años, es evidente que pronto lo veremos en el futbol europeo, tan pronto alcance la mayoría de edad.
Asimismo, Raúl Rangel ha sido una auténtica barrera en la portería durante todo el torneo; ningún arquero tricolor ha logrado lo que él en una Copa del Mundo. Su récord de imbatibilidad será histórico, y su gesto de compañerismo con Guillermo Ochoa ya ocupa un lugar especial en el corazón de la afición.
Ahora, el reto luce más complicado en el papel. Inglaterra, tras una gran Eurocopa hace dos años y una eliminatoria dominante, se presenta como un rival de cuidado.
Aunque sufrieron frente al Congo, serán una amenaza mayor a todo lo que México ha enfrentado hasta ahora.
Este domingo tenemos una cita con la historia. Para muchos, los recuerdos de la infancia están marcados por las dolorosas derrotas del Tri en mundiales; sin embargo, estos podrían ser eclipsados por un triunfo épico ante los ingleses.
Ellos no guardan precisamente los mejores recuerdos de la cancha del Estadio Azteca. Aunque cambien el nombre del recinto, para Inglaterra sigue siendo el escenario donde derramaron lágrimas hace 40 años, un episodio que bien podría repetirse este domingo.
La ilusión colectiva se resume en la pregunta que todos los mexicanos nos hacemos al cerrar los ojos y soñar: ¿Y si sí?
Dios quiera que sí.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
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