Opinión
Chivas, anatomía de un mito moderno
1. El eco de una gloria pasada
En el imaginario colectivo del fútbol mexicano, el equipo Chivas de Guadalajara es
“el más grande”.
Un club que se enorgullece de su tradición de jugar sólo con mexicanos y de una era de dominio que lo convirtió en un gigante. Sin embargo, detrás de esta poderosa narrativa se esconde una verdad incómoda: la grandeza de las Chivas es un mito moderno.
Un mito que, alimentado por el recuerdo de un pasado glorioso, ha opacado una realidad deportiva de fracasos y una pérdida de popularidad que, en los últimos 55 años, ha convertido al equipo en un “club perdedor” y ha dejado a sus aficionados en un estado de trauma y nostalgia.
2. El origen del mito y el comienzo del declive
El mito de la grandeza de las Chivas tiene una fecha de nacimiento precisa: la era del “Campeonísimo”.
Durante las décadas de los 50 y 60, el equipo dominó el fútbol mexicano de una manera avasalladora, ganando ocho títulos de liga y cimentando una identidad de equipo ganador y dominante.
Esa época de gloria es el pilar sobre el que se ha sostenido la narrativa del “más grande”. Sin embargo, el final de esa era gloriosa, en la década de los 70, marca el inicio del declive.
Lo que comenzó como un periodo de reconstrucción, se convertiría en una espiral de resultados mediocres que se ha extendido por más de medio siglo, separando la realidad del equipo de su leyenda.
3. La anatomía de un ‘club perdedor’
En los últimos 55 años, el concepto de Chivas como un club ganador se desmorona ante la evidencia. La escasez de títulos de liga en este período contrasta de manera dramática con la memoria colectiva de su grandeza.
Si bien el club ha ganado algunos campeonatos, el ritmo ha sido pausado y lleno de largos periodos de sequía. Esta realidad es aún más dolorosa al compararla con su archirrival, el Club América, que en el mismo lapso de tiempo ha logrado una hegemonía deportiva que lo ha posicionado por encima de Chivas en el palmarés.
La narrativa del “club perdedor” se fortalece con momentos de crisis, como la amenaza constante de descenso que el equipo ha enfrentado en varias ocasiones, poniendo en evidencia una gestión deportiva que ha navegado entre la mediocridad y la desesperación.
4. Los años de fracaso y el fantasma del descenso.
Cuatro títulos de liga en cincuenta y cinco años, con largas sequías entre cada uno, la irregularidad deportiva ha sido la verdadera constante de su historia moderna.
Quizá la herida más profunda y la prueba más contundente de este declive ha sido el fantasma del descenso.
Un equipo que se autodenomina “grande” no debería estar en la lucha por no desaparecer de la máxima categoría. Sin embargo, en varias temporadas, las Chivas han coqueteado seriamente c la tabla de cocientes, una sombra constante que ha puesto al equipo al borde de la catástrofe.
Estos momentos de desesperación, donde el equipo se vio obligado a luchar por la permanencia, son el reflejo más fiel de una gestión deportiva que ha navegado entre la mediocridad y la desesperación, separando para siempre la realidad del club de su gloriosa leyenda.
5. El trauma del aficionado: Vivir en la sombra del mito
El mito del “más grande” se ha convertido en una carga para la afición de las Chivas.
Los aficionados se ven obligados a defender una historia que no han vivido, a evocar las glorias del pasado para justificar un presente de decepciones. Esto ha generado un trauma colectivo, un ciclo de frustración y nostalgia donde cada triunfo del Club América reabre una herida que parece no sanar.
La pasión se ha transformado en una obligación de aferrarse a una tradición que, en la era moderna, ha limitado la capacidad del club para competir al más alto nivel. La afición de las chivas se encuentra atrapada entre el peso de una leyenda que ya no le pertenece y una realidad que le ha arrebatado el estatus de gigante.
6. El mito se desvanece: La pérdida de popularidad
La prueba más contundente de que el mito de Chivas se ha desvanecido es su pérdida de popularidad.
Durante décadas, se consideró que Chivas era, por excelencia, el equipo más popular de México. Sin embargo, encuestas y estudios recientes en México y, de manera más notable, en Estados Unidos, muestran que el Club América ha tomado la delantera.
La cifra de millones de aficionados en ambos países indica que el América ha construido una base de seguidores más grande y más activa, mientras que la popularidad de Chivas ha mermado con el tiempo.
El mito de ser el “equipo del pueblo” ya no se sostiene, evidenciando que la era de Chivas como el club dominante ha llegado a su fin.
7. Datos de aficionados en Estados Unidos: América vs. Chivas
Los estudios y reportes más recientes indican que el Club América ha consolidado una base de aficionados más grande que Chivas en Estados Unidos.
- Club América: Las estimaciones recientes de varios medios y estudios especializados (como los mencionados en medios como El Diario AS y Opportunes) sugieren que el América tiene una base de seguidores que podría rondar los 12 a 15 millones de aficionados en Estados Unidos.
Club Deportivo Guadalajara (Chivas): En contraste, las cifras para Chivas suelen ser menores. Algunos estudios, como el reportado por Infobae, estiman su base de aficionados en alrededor de 5 millones.
8. Conclusión: El mito como obstáculo
La historia de Chivas de Guadalajara es un claro ejemplo de cómo un mito puede convertirse en un obstáculo.
La grandeza del “Campeonísimo” es un recuerdo imborrable, pero la realidad de los últimos 55 años es la de un club que ha perdido la supremacía deportiva y popular, y que lo convirtió en la actualidad en un “club perdedor”.
La afición, aunque leal, vive un trauma alimentado por una narrativa de éxito que ya no es suya.
Para Chivas, el camino a la verdadera grandeza no está en aferrarse al pasado, sino en confrontar la realidad de su mito moderno y construir, sobre los escombros de su leyenda, una nueva identidad que les permita competir en el presente.
Opinión
Liga MX aporta 26 jugadores al Mundial, 12 con México y 14 en otras selecciones
La internacionalización de la Liga MX es una realidad que se hace cada vez más evidente en los torneos de alta competencia.
Con la publicación oficial de las listas de convocados por parte de la FIFA, un dato salta a la vista y enciende el debate: 26 futbolistas que militan en el balompié mexicano estarán representando a diversas selecciones nacionales.
Lo verdaderamente interesante de esta cifra es su equilibrio y lo que revela sobre la naturaleza de nuestra liga: de esos 26 convocados, 12 son futbolistas mexicanos y 14 son extranjeros.
Este reparto nos invita a reflexionar sobre el rol actual de la Liga MX en el panorama continental.
Lejos de ser un circuito aislado, el fútbol mexicano se ha consolidado como un imán de talento y un aparador crucial para múltiples federaciones de la Conmebol y la Concacaf, tales como Colombia, Ecuador, Uruguay, Estados Unidos y Panamá.
A primera vista, que 14 futbolistas extranjeros de la Liga MX sean llamados por sus países de origen es un síntoma de prestigio y poder económico.
Habla de una liga que paga bien, que compite a un nivel físico demandante y que mantiene a los jugadores en el radar de sus seleccionadores nacionales.
Para el balompié azteca, esto es una medalla de validación competitiva.
Sin embargo, el reverso de la moneda nos muestra que la representación local se queda ligeramente por detrás solo 12 mexicanos.
En un ecosistema donde los clubes locales suelen saturar sus alineaciones con talento foráneo, este dato refleja la eterna paradoja de nuestro fútbol: importamos un volumen altísimo de calidad, pero a menudo lo hacemos a expensas de la proyección del futbolista nativo.
Lo valioso de esta exportación temporal es que no se concentra en uno o dos equipos “poderosos”. La diversidad de clubes de la Liga MX que aportan jugadores a este torneo demuestra que el nivel está repartido. Desde las plantillas robustas del norte hasta equipos de media tabla hacia abajo, la liga funciona como un trampolín uniforme.
Para selecciones como Ecuador o Panamá, la Liga MX ha sido históricamente un territorio de maduración ideal: un fútbol rápido, de mucha presión mediática y con una infraestructura de primer nivel que prepara a sus atletas para la máxima exigencia internacional.
El dato oficial de la FIFA no miente. La Liga MX ya no es solo la casa del fútbol mexicano; es un motor regulador del fútbol en América.
El reto de cara al futuro no será frenar la llegada de estos 14 (o más) extranjeros de selección, sino lograr que el nivel de competencia que ellos imponen sirva para catapultar a los jóvenes de casa, de modo que en las próximas listas oficiales, los mexicanos vuelvan a ser mayoría en su propia tierra.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
El olvidadizo aplauso del resultado
Existe una vieja y desgastada máxima en el fútbol mexicano que reza: “Técnico que debuta, gana”. Es una frase hecha, casi un amuleto folclórico, pero cuando la realidad se empeña en darle la razón, el entorno de nuestro balompié pierde la cabeza de inmediato.
El caso más reciente de Cruz Azul no sólo confirma la regla, sino que expone la alarmante falta de memoria —tanto a corto como a largo plazo— que padece el periodismo deportivo nacional.
La llegada de Joel Huiqui al banquillo cementero en la recta final del torneo regular fue un auténtico salto al vacío. Un movimiento de timón tan sorpresivo como impulsivo, operado directamente desde el escritorio de la presidencia por Víctor Velázquez, saltándose las trancas y la jerarquía de su propio director deportivo, Iván Alonso.
En su momento, la destitución de Nicolás Larcamón encendió las alarmas y las mesas de debate. A Velázquez le llovieron adjetivos: “temperamental”, “autócrata” e “impulsivo” fueron los calificativos más suaves en un mar de críticas justificadas por las formas.
Después de todo, La Máquina venía en caída libre, hilando tropiezos en la liga y sufriendo una dolorosa eliminación en la Concachampions.
Sin embargo, el fútbol es el único escenario donde el fin absuelve cualquier pecado de origen.
Hoy, con la décima estrella grabada en el escudo, el panorama es radicalmente opuesto.
Aquellos que dinamitaban la gestión directiva por su falta de estructura hoy redactan loas a la “intuición” y el “carácter” de la cúpula celeste. Las críticas feroces se transformaron en alabanzas almibaradas.
Este fenómeno no hace más que desnudar la alarmante inmediatez de la crónica deportiva actual, una industria que padece de amnesia selectiva y que suele juzgar los procesos únicamente con el diario del lunes en la mano.
Ganar la décima es un mérito indiscutible de Huiqui y sus futbolistas, pero el campeonato no debería borrar el desorden institucional que precedió al milagro.
En el fútbol mexicano, lamentablemente, el análisis serio siempre será esclavo del marcador de los últimos noventa minutos.
Hoy Cruz Azul festeja, la prensa aplaude y la memoria, una vez más, se queda en la banca.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
La redención de Gabriel Milito: El arquitecto del récord de puntos en Chivas
El fútbol mexicano suele adolecer de una memoria cortoplacista y una alarmante falta de paciencia. Hace apenas unos meses, durante el arranque del Apertura 2025, el proyecto de Gabriel Milito al frente del Club Deportivo Guadalajara parecía caminar sobre la cuerda floja.
Las dudas llovían desde la tribuna, la prensa cuestionaba su capacidad de adaptación al entorno rojiblanco y el fantasma del cese prematuro merodeaba Verde Valle.
Hoy la narrativa es diametralmente opuesta: el estratega argentino no solo acalló las críticas, sino que acaba de firmar el torneo corto con mayor puntaje en la historia del club.
¿Cómo se transformó un proceso tambaleante en una maquinaria histórica? La respuesta no radica en la fortuna, sino en la capacidad de Milito para recomponerse, diagnosticar sus propios errores y ejecutar una metamorfosis táctica impecable cuando las circunstancias más lo exigían.
La genialidad del técnico no estuvo en morir con la suya, sino en saber evolucionar. Milito entendió que el protagonismo no se negocia, pero las vías para alcanzarlo sí.
El Guadalajara del Clausura 2026 mutó hacia un equipo mucho más pragmático y vertical. Sin renunciar al buen trato de la pelota, el argentino implementó una presión tras pérdida asfixiante en campo rival, acortando las distancias entre líneas y permitiendo que el talento dinámico de sus mediocampistas y extremos pesara de verdad en el último tercio, en lugar de desgastarse en la aduana de la salida.
Lejos de quejarse por la falta de variantes o de casarse con un once inamovible, el timonel supo reactivar piezas que parecían perdidas y potenciar a los jóvenes de la cantera, combinando la exigencia táctica con una notable gestión humana.
Sus ajustes sobre la marcha evidenciaron una lectura de partido excelsa. Chivas aprendió a cambiar de piel según el rival y el escenario:
Capaz de sostener un 4-3-3 agresivo y de amplitud total en el Estadio Akron.
Flexible para mutar a una línea de tres centrales o un 4-4-2 rocoso cuando el trámite fuera de casa exigía cerrar los caminos y apelar al contragolpe.
Esa riqueza estratégica convirtió a Chivas en un enigma indescifrable para las pizarras rivales.
Superar las míticas barreras de puntos que el club impuso en los torneos de los noventa o la era de Hans Westerhof no es una casualidad. Es el dividendo de un cuerpo técnico que supo mantener el temple en la tormenta y que convenció al futbolista mexicano de que el orden y la intensidad son las llaves del éxito.
Gabriel Milito ha devuelto a Chivas la autoridad competitiva que su historia demanda. Por lo pronto, el banquillo del Guadalajara tiene un estratega con mayúsculas.
Opinión
El vuelo rasante: ¿Es el fin de la era Jardine en el Nido?
El fútbol tiene una memoria tan corta como cruel. Hace apenas unos meses, el Club América tocaba el cielo con las manos al consumar un tricampeonato histórico que parecía instaurar una dinastía imbatible.
Ahora el panorama en Coapa es sombrío: la reciente eliminación ante Pumas en los Cuartos de Final del Clausura 2026 no fue solo una derrota, fue el eco de un desplome que viene avisando desde hace tiempo.
Ser tricampeón en México es una gesta heroica, pero para el América, los títulos también se han convertido en una cómoda zona de confort. La “maldición del éxito” parece haberle robado el hambre a una plantilla que hoy luce apática, sin gol y, sobre todo, sin la agresividad que André Jardine les inyectó en su llegada.
El arranque del Clausura 2026 fue alarmante, con jornadas enteras sin marcar, evidenciando que las individualidades, como Brian Rodríguez o Zendejas, ya no bastan para ocultar las carencias colectivas.
Lo que más pesa en la balanza crítica es la incapacidad de Jardine para trascender fuera de la Liga MX. Eliminaciones consecutivas en Concachampions, el amargo tras no poder llegar al Mundial de Clubes 2025 y el nulo impacto en la Leagues Cup sugieren que el modelo de juego del brasileño tiene un techo muy marcado ante rivales de otra jerarquía.
La directiva se encuentra en la encrucijada más difícil de la década. Por un lado, despedir al técnico más exitoso de la época reciente suena a ingratitud; por otro, mantenerlo se siente como una apuesta por un proyecto que ya dio todo lo que tenía que dar.
Jardine ha pedido el regreso de Gustavo Leal como condición para seguir, buscando reconstruir esa estructura de trabajo que lo llevó a la gloria.
El ciclo actual está agotado. La eliminación ante Pumas —con un global de 6-6 que favoreció a los universitarios por posición en la tabla— dejó claro que la fragilidad mental ha regresado al Nido.
El América no necesita “ajustes”; necesita una reestructura profunda que empiece por sacudir el vestuario y, posiblemente, refrescar el banquillo.
Si Jardine se queda, será bajo la sombra de la duda y con un crédito que se agotará al primer tropiezo del Apertura 2026.
El fin de una era no tiene por qué ser una tragedia, sino la oportunidad de evitar que el vuelo de las Águilas se convierta en una caída libre.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
