Opinión
El vuelo rasante: ¿Es el fin de la era Jardine en el Nido?
El fútbol tiene una memoria tan corta como cruel. Hace apenas unos meses, el Club América tocaba el cielo con las manos al consumar un tricampeonato histórico que parecía instaurar una dinastía imbatible.
Ahora el panorama en Coapa es sombrío: la reciente eliminación ante Pumas en los Cuartos de Final del Clausura 2026 no fue solo una derrota, fue el eco de un desplome que viene avisando desde hace tiempo.
Ser tricampeón en México es una gesta heroica, pero para el América, los títulos también se han convertido en una cómoda zona de confort. La “maldición del éxito” parece haberle robado el hambre a una plantilla que hoy luce apática, sin gol y, sobre todo, sin la agresividad que André Jardine les inyectó en su llegada.
El arranque del Clausura 2026 fue alarmante, con jornadas enteras sin marcar, evidenciando que las individualidades, como Brian Rodríguez o Zendejas, ya no bastan para ocultar las carencias colectivas.
Lo que más pesa en la balanza crítica es la incapacidad de Jardine para trascender fuera de la Liga MX. Eliminaciones consecutivas en Concachampions, el amargo tras no poder llegar al Mundial de Clubes 2025 y el nulo impacto en la Leagues Cup sugieren que el modelo de juego del brasileño tiene un techo muy marcado ante rivales de otra jerarquía.
La directiva se encuentra en la encrucijada más difícil de la década. Por un lado, despedir al técnico más exitoso de la época reciente suena a ingratitud; por otro, mantenerlo se siente como una apuesta por un proyecto que ya dio todo lo que tenía que dar.
Jardine ha pedido el regreso de Gustavo Leal como condición para seguir, buscando reconstruir esa estructura de trabajo que lo llevó a la gloria.
El ciclo actual está agotado. La eliminación ante Pumas —con un global de 6-6 que favoreció a los universitarios por posición en la tabla— dejó claro que la fragilidad mental ha regresado al Nido.
El América no necesita “ajustes”; necesita una reestructura profunda que empiece por sacudir el vestuario y, posiblemente, refrescar el banquillo.
Si Jardine se queda, será bajo la sombra de la duda y con un crédito que se agotará al primer tropiezo del Apertura 2026.
El fin de una era no tiene por qué ser una tragedia, sino la oportunidad de evitar que el vuelo de las Águilas se convierta en una caída libre.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
La redención de Gabriel Milito: El arquitecto del récord de puntos en Chivas
El fútbol mexicano suele adolecer de una memoria cortoplacista y una alarmante falta de paciencia. Hace apenas unos meses, durante el arranque del Apertura 2025, el proyecto de Gabriel Milito al frente del Club Deportivo Guadalajara parecía caminar sobre la cuerda floja.
Las dudas llovían desde la tribuna, la prensa cuestionaba su capacidad de adaptación al entorno rojiblanco y el fantasma del cese prematuro merodeaba Verde Valle.
Hoy la narrativa es diametralmente opuesta: el estratega argentino no solo acalló las críticas, sino que acaba de firmar el torneo corto con mayor puntaje en la historia del club.
¿Cómo se transformó un proceso tambaleante en una maquinaria histórica? La respuesta no radica en la fortuna, sino en la capacidad de Milito para recomponerse, diagnosticar sus propios errores y ejecutar una metamorfosis táctica impecable cuando las circunstancias más lo exigían.
La genialidad del técnico no estuvo en morir con la suya, sino en saber evolucionar. Milito entendió que el protagonismo no se negocia, pero las vías para alcanzarlo sí.
El Guadalajara del Clausura 2026 mutó hacia un equipo mucho más pragmático y vertical. Sin renunciar al buen trato de la pelota, el argentino implementó una presión tras pérdida asfixiante en campo rival, acortando las distancias entre líneas y permitiendo que el talento dinámico de sus mediocampistas y extremos pesara de verdad en el último tercio, en lugar de desgastarse en la aduana de la salida.
Lejos de quejarse por la falta de variantes o de casarse con un once inamovible, el timonel supo reactivar piezas que parecían perdidas y potenciar a los jóvenes de la cantera, combinando la exigencia táctica con una notable gestión humana.
Sus ajustes sobre la marcha evidenciaron una lectura de partido excelsa. Chivas aprendió a cambiar de piel según el rival y el escenario:
Capaz de sostener un 4-3-3 agresivo y de amplitud total en el Estadio Akron.
Flexible para mutar a una línea de tres centrales o un 4-4-2 rocoso cuando el trámite fuera de casa exigía cerrar los caminos y apelar al contragolpe.
Esa riqueza estratégica convirtió a Chivas en un enigma indescifrable para las pizarras rivales.
Superar las míticas barreras de puntos que el club impuso en los torneos de los noventa o la era de Hans Westerhof no es una casualidad. Es el dividendo de un cuerpo técnico que supo mantener el temple en la tormenta y que convenció al futbolista mexicano de que el orden y la intensidad son las llaves del éxito.
Gabriel Milito ha devuelto a Chivas la autoridad competitiva que su historia demanda. Por lo pronto, el banquillo del Guadalajara tiene un estratega con mayúsculas.
Opinión
Mundial 2026: Norteamérica dividida
El eslogan es hermoso: “United 2026”. Tres países, un torneo, una celebración del futbol. El problema es que llega en el peor momento posible. Con Donald Trump de regreso en la Casa Blanca, las tensiones comerciales con Canadá y México, el endurecimiento de las políticas migratorias y las relaciones diplomáticas más frías entre los tres países, la idea de una Norteamérica unida suena más a ironía que a realidad.
El contraste con la intención original es brutal. En lugar de un torneo unificado que celebrara la integración norteamericana, estamos viendo tres torneos paralelos con reglas distintas de inmigración, seguridad y hasta financiamiento. La “unidad” que se vendió en la candidatura se ha fracturado en tiempo real.
Durante décadas, el futbol ha sido utilizado como herramienta política. Mussolini lo empleó en 1934 para legitimar su régimen fascista ante el mundo y consolidar su poder interno. La dictadura argentina de Videla usó el Mundial de 1978 como una enorme operación de propaganda para mejorar su imagen internacional mientras cometía graves violaciones a los derechos humanos. Rusia buscó suavizar su imagen tras la anexión de Crimea con el Mundial 2018, y Qatar invirtió fortunas en 2022 para mejorar su posicionamiento internacional. A todo esto se le conoce como poder blando: la capacidad de un país para influir en otros a través de la atracción cultural en vez de la fuerza.
Sin embargo, esta ventaja obvia para un país anfitrión de la máxima fiesta del futbol puede jugar también en su contra. Este deporte no sólo proyecta poder, también expone grietas. Y el Mundial 2026 amenaza con hacer exactamente eso.
Estados Unidos quiere usar el torneo como escaparate de su liderazgo regional, pero sus actuales políticas migratorias y de seguridad convertirán en una odisea la llegada de aficionados de América Latina, África y Asia. Mientras tanto, la presencia de selecciones como Irán o Venezuela genera ya llamados a boicot y tensiones diplomáticas, y sus partidos corren el riesgo de convertirse en escenarios políticos cargados de simbolismo.
Lo más delicado no son sólo las diferencias entre los tres países anfitriones, sino que esas diferencias se van a transmitir en tiempo real ante miles de millones de personas. Para Estados Unidos, mostrar falta de coordinación con sus vecinos puede dañar su imagen de liderazgo continental. Para México, evidenciar públicamente que no existe una verdadera cooperación tripartita podría generar frustración interna y debilitar la narrativa de un país que negocia de igual a igual con su poderoso vecino. Y para Canadá, quedar como el socio de tercera categoría reforzaría la percepción de que este es, en la práctica, un Mundial estadounidense con invitados.
El contraste con la promesa original es brutal. Lo que iba a ser una muestra de integración norteamericana se está convirtiendo en un espejo incómodo de sus divisiones reales.
El futbol no crea la realidad geopolítica. Solo la amplifica. Y en el verano de 2026 vamos a descubrir, partido tras partido, qué tan “United” está realmente Norteamérica.
Sobre la autora
Andrea Nowak es un avatar generado por inteligencia artificial, especializado en análisis deportivo. Su rostro y voz son digitales, pero su perspectiva se basa en datos rigurosos y un enfoque analítico sobre el fútbol y la geopolítica deportiva. El texto es revisado y editado por periodistas profesionales.
Opinión
¡Se nos fue ‘Lama-Lama-Lamita’!
El boxeo mexicano no se entiende sin sus ídolos de guantes puestos, pero tampoco sin las voces que, desde el borde del ring, le dieron narrativa, justicia y pasión a cada asalto.
La partida de Eduardo Lamazón marca el fin de una era, dejando un vacío imposible de llenar en la crónica deportiva, pero un legado que vivirá en cada “tarjeta” que se dicte en la posteridad.
A principios de los años 2000, el boxeo en México parecía estar destinado al olvido de la televisión de paga. Fue entonces cuando nació el concepto de “Boxeo Azteca”. Lamazón no fue solo un comentarista más; fue el pilar técnico y moral de ese proyecto.
Junto a la emotividad de figuras como Rodolfo Vargas y Carlos Aguilar, “Don Lamanita” aportaba la sobriedad, el reglamento y, sobre todo, la honestidad.
Su presencia en la televisión abierta todos los sábados democratizó de nuevo el deporte, devolviéndole al pueblo a sus héroes y permitiendo que nuevas generaciones vieran nacer a figuras como “El Canelo” o “El Gallito” Estrada.
Lo que hacía a Lamazón especial era su autoridad. Ex secretario del Consejo Mundial de Boxeo, Eduardo no opinaba por convención; sentenciaba por conocimiento. La famosa frase “Don Eduardo Lamazón, ¿cómo vio la pelea?” se convirtió en el momento de la verdad para millones de aficionados. Si su tarjeta no coincidía con la de los jueces oficiales —lo cual sucedía con frecuencia—, para el público mexicano, el ganador real era el que Lamazón dictaba.
Su reciente deceso ha provocado una marea de nostalgia y respeto en el mundo del deporte.
La reacción de las grandes figuras ha sido unánime: se ha ido el hombre que mejor entendía el deporte que le da dado más campeones mundiales a México.
Julio César Chávez, el “Gran Campeón Mexicano”, expresó su dolor con una sinceridad punzante. Chávez, quien compartió mesa de transmisión con él durante años, destacó que Lamazón no solo era su colega, sino su brújula técnica.
Otras figuras como Mauricio Sulaimán y Erik “El Terrible” Morales coincidieron en que Lamazón elevó el estándar del análisis deportivo, transformando una simple transmisión en una cátedra de apreciación técnica.
Eduardo Lamazón fue el puente entre la época de oro del boxeo radiofónico y la modernidad digital. Su importancia radica en haberle devuelto la credibilidad a un deporte que a veces coquetea con la sombra del negocio.
Hoy, los sábados de boxeo se sienten un poco más silenciosos; su pluma y su cronómetro se han detenido, pero su tarjeta personal siempre dirá que ganó por nocaut en el corazón de la afición mexicana.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
‘El Vasco’, lo que mal empieza, mal acaba
“Lo que mal empieza, mal acaba”. Es una sentencia popular que suele aplicarse a los desastres anunciados, y hoy, la Selección Mexicana parece haber abrazado este adagio con una precisión quirúrgica.
La gestión de Javier Aguirre y la comunicación del Tricolor han entrado en una espiral de opacidad que no solo desconcierta, sino que insulta la inteligencia del aficionado que, contra todo pronóstico, sigue esperando un cambio de rumbo.
El primer síntoma de esta crisis fue el silencio. La promesa de tener la lista definitiva el pasado lunes no se cumplió. Ese retraso, que desde fuera pudo parecer una nimiedad administrativa, en realidad es el síntoma de una fractura interna mucho mayor.
Quedó claro que la autonomía de Javier Aguirre es un mito. Detrás de la figura del “Vasco”, una vez más, se observa la alargada sombra de los dueños del balón.
Aguirre no pudo elegir a los mejores. Tuvo que claudicar ante la presión de convocar solo a aquellos con “lugar asegurado” en el Mundial, convirtiendo a la Selección en un escaparate de activos financieros en lugar de un equipo de alto rendimiento.
La cereza en el pastel de esta desorganización es la obligatoriedad de recurrir a sparrings o jugadores de apoyo. Esta decisión es la prueba fehaciente de que el grupo no tiene la solidez necesaria, o bien, de que la selección de la plantilla principal fue tan limitada que se requieren muletas externas para poder trabajar con un mínimo de dignidad táctica.
Todo esto, solo porque los dueños del balón en la Liga MX no quisieron ceder a sus jugadores para que la Selección pudiera contar con ellos.
Y entonces llegamos a las ausencias, los nombres que dolerán cuando el equipo no encuentre soluciones en el campo. Ignorar la consistencia y el oficio de Charly Rodríguez parece una apuesta por la inercia. La exclusión de Diego Lainez nos priva de ese uno contra uno que tanto falta cuando los partidos se traban. Tampoco se puede pasar por alto la ausencia de Richard Ledezma, un jugador que aportaba polivalencia en una zona donde México suele sufrir por falta de ideas.
Marcel Ruiz es un caso diferente, pues su lesión no garantizaba que pudiera ofrecer su potencial en la justa mundialista.
El mensaje que envía la Federación con esta lista es claro: el proceso no se trata de construir un equipo capaz de hacer historia en casa, sino de proteger los intereses de quienes tienen la chequera.
Javier Aguirre ha aceptado ser el rostro de una imposición y, al hacerlo, ha hipotecado la esperanza de una afición que hoy ve cómo, una vez más, el fútbol mexicano se dispara en el pie.
Si el proceso de selección y convocatoria ha estado marcado por la incertidumbre, el capricho y la falta de transparencia, no podemos esperar un desenlace diferente en el terreno de juego.
“Lo que mal empieza, mal acaba”, y este camino al 2026, lamentablemente, parece ir directo al abismo.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
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