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Mundial 2026 en riesgo: el efecto de la guerra con Irán en EE.UU.

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A menos de 50 días para que ruede el balón en el Azteca —Estadio Banorte— y ya es oficial: la fiesta del fútbol 2026 está en problemas serios en Estados Unidos (EE.UU.).

Según datos globales de la FIFA, hasta marzo de 2026 se habían vendido poco más de un millón de boletos del total de 6.7 millones en los 104 partidos. No se ha especificado aún cuántos se han vendido en EE.UU., pero la cifra total global sugiere un rezago en su mercado.

Además, miles de boletos premium aún no se han vendido en la Unión Americana, lo que agrava la preocupación logística.

La explicación al rezago en la venta de boletos VIP se encuentra en el dramático aumento de sus precios: los boletos para la categoría 1 de la final en 2026 costarán unos 10 mil 990 dólares, un aumento del 584 por ciento respecto a Qatar 2022, donde el costo era de mil 607 dólares. Y no es solo el precio. Quien quiera viajar a EE.UU. se enfrenta a un doble muro: aeropuertos con filas eternas y el miedo a las autoridades migratorias.

Desde febrero, el Departamento de Seguridad Nacional está parcialmente cerrado por falta de presupuesto. Esto dejó a más de 61 mil agentes de la TSA trabajando sin paga; muchos faltaron y las filas en aeropuertos como Houston, Atlanta y Nueva York llegaron hasta cinco horas por pasajero.

Para “ayudar”, metieron agentes de ICE a los aeropuertos, lo que generó aún más nerviosismo y reportes de detenciones. Encima, el petróleo se mantuvo alto varias semanas por el tema del Estrecho de Ormuz, lo que disparó los vuelos casi 150 por ciento.

En México y Canadá la cosa pinta muy diferente. Los partidos de apertura en el Azteca y en Toronto tienen muy pocos boletos premium disponibles —solo alrededor de 2 mil 900 y 2 mil 200 asientos caros respectivamente— y se han movido más rápido. El crecimiento de reservas hoteleras y de vuelos es mucho más fuerte que en el vecino del norte.

Al escenario poco alentador en EE.UU. hay que agregar la guerra que sostiene junto a Israel contra Irán desde el 28 de febrero pasado. Si el Estrecho de Ormuz sigue cerrado hasta junio y el petróleo se dispara hacia 150 dólares, el golpe sería duro: los vuelos internacionales subirían aún más, la gasolina en el país de las barras y las estrellas fácilmente superaría los 5 dólares el galón —el doble de lo que costaba antes de iniciado el conflicto bélico—, y miles de fans que dudan decidirían no viajar.

El resultado sería estadios con miles de asientos vacíos en los partidos menos atractivos, justo en la sede que más boletos debía vender. Un Mundial histórico que terminaría viéndose medio vacío por una mezcla de precios altos, logística caótica y geopolítica. No es falta de amor al fútbol. Es que no todos quieren pagar una fortuna y encima vivir un calvario logístico, migratorio y político.


Sobre la autora

Andrea Nowak es un avatar generado por inteligencia artificial, especializado en análisis deportivo. Su rostro y voz son digitales, pero su perspectiva se basa en datos rigurosos y un enfoque analítico sobre el fútbol y la geopolítica deportiva. El texto es revisado y editado por periodistas profesionales.

Opinión

Liga MX aporta 26 jugadores al Mundial, 12 con México y 14 en otras selecciones

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Columna de Sergio Enrique Hernández
14 futbolistas extranjeros de la Liga MX fueron convocados por sus selecciones. Foto: @LigaBBVAMX

La internacionalización de la Liga MX es una realidad que se hace cada vez más evidente en los torneos de alta competencia.

Con la publicación oficial de las listas de convocados por parte de la FIFA, un dato salta a la vista y enciende el debate: 26 futbolistas que militan en el balompié mexicano estarán representando a diversas selecciones nacionales.

Lo verdaderamente interesante de esta cifra es su equilibrio y lo que revela sobre la naturaleza de nuestra liga: de esos 26 convocados, 12 son futbolistas mexicanos y 14 son extranjeros.

​Este reparto nos invita a reflexionar sobre el rol actual de la Liga MX en el panorama continental.

Lejos de ser un circuito aislado, el fútbol mexicano se ha consolidado como un imán de talento y un aparador crucial para múltiples federaciones de la Conmebol y la Concacaf, tales como Colombia, Ecuador, Uruguay, Estados Unidos y Panamá.

A primera vista, que 14 futbolistas extranjeros de la Liga MX sean llamados por sus países de origen es un síntoma de prestigio y poder económico.

Habla de una liga que paga bien, que compite a un nivel físico demandante y que mantiene a los jugadores en el radar de sus seleccionadores nacionales.

Para el balompié azteca, esto es una medalla de validación competitiva.

Sin embargo, el reverso de la moneda nos muestra que la representación local se queda ligeramente por detrás solo 12 mexicanos.

En un ecosistema donde los clubes locales suelen saturar sus alineaciones con talento foráneo, este dato refleja la eterna paradoja de nuestro fútbol: importamos un volumen altísimo de calidad, pero a menudo lo hacemos a expensas de la proyección del futbolista nativo.

Lo valioso de esta exportación temporal es que no se concentra en uno o dos equipos “poderosos”. La diversidad de clubes de la Liga MX que aportan jugadores a este torneo demuestra que el nivel está repartido. Desde las plantillas robustas del norte hasta equipos de media tabla hacia abajo, la liga funciona como un trampolín uniforme.

Para selecciones como Ecuador o Panamá, la Liga MX ha sido históricamente un territorio de maduración ideal: un fútbol rápido, de mucha presión mediática y con una infraestructura de primer nivel que prepara a sus atletas para la máxima exigencia internacional.

​El dato oficial de la FIFA no miente. La Liga MX ya no es solo la casa del fútbol mexicano; es un motor regulador del fútbol en América.

El reto de cara al futuro no será frenar la llegada de estos 14 (o más) extranjeros de selección, sino lograr que el nivel de competencia que ellos imponen sirva para catapultar a los jóvenes de casa, de modo que en las próximas listas oficiales, los mexicanos vuelvan a ser mayoría en su propia tierra.


Sobre el autor

Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.

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​El olvidadizo aplauso del resultado

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El caso más reciente de Cruz Azul no sólo confirma la regla
La llegada de Huiqui al banquillo Azul provocó críticas que hoy son silenciadas con el título. Foto: @CruzAzul.

Existe una vieja y desgastada máxima en el fútbol mexicano que reza: “Técnico que debuta, gana”. Es una frase hecha, casi un amuleto folclórico, pero cuando la realidad se empeña en darle la razón, el entorno de nuestro balompié pierde la cabeza de inmediato. 

El caso más reciente de Cruz Azul no sólo confirma la regla, sino que expone la alarmante falta de memoria —tanto a corto como a largo plazo— que padece el periodismo deportivo nacional.

​La llegada de Joel Huiqui al banquillo cementero en la recta final del torneo regular fue un auténtico salto al vacío. Un movimiento de timón tan sorpresivo como impulsivo, operado directamente desde el escritorio de la presidencia por Víctor Velázquez, saltándose las trancas y la jerarquía de su propio director deportivo, Iván Alonso. 

En su momento, la destitución de Nicolás Larcamón encendió las alarmas y las mesas de debate. A Velázquez le llovieron adjetivos: “temperamental”, “autócrata” e “impulsivo” fueron los calificativos más suaves en un mar de críticas justificadas por las formas. 

Después de todo, La Máquina venía en caída libre, hilando tropiezos en la liga y sufriendo una dolorosa eliminación en la Concachampions.

​Sin embargo, el fútbol es el único escenario donde el fin absuelve cualquier pecado de origen.

Hoy, con la décima estrella grabada en el escudo, el panorama es radicalmente opuesto. 

Aquellos que dinamitaban la gestión directiva por su falta de estructura hoy redactan loas a la “intuición” y el “carácter” de la cúpula celeste. Las críticas feroces se transformaron en alabanzas almibaradas.

​Este fenómeno no hace más que desnudar la alarmante inmediatez de la crónica deportiva actual, una industria que padece de amnesia selectiva y que suele juzgar los procesos únicamente con el diario del lunes en la mano. 

Ganar la décima es un mérito indiscutible de Huiqui y sus futbolistas, pero el campeonato no debería borrar el desorden institucional que precedió al milagro.

​En el fútbol mexicano, lamentablemente, el análisis serio siempre será esclavo del marcador de los últimos noventa minutos. 

Hoy Cruz Azul festeja, la prensa aplaude y la memoria, una vez más, se queda en la banca.


Sobre el autor

Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.

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La redención de Gabriel Milito: El arquitecto del récord de puntos en Chivas

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La redención de Gabriel Milito: El arquitecto del récord de puntos en Chivas

El fútbol mexicano suele adolecer de una memoria cortoplacista y una alarmante falta de paciencia. Hace apenas unos meses, durante el arranque del Apertura 2025, el proyecto de Gabriel Milito al frente del Club Deportivo Guadalajara parecía caminar sobre la cuerda floja. 

Las dudas llovían desde la tribuna, la prensa cuestionaba su capacidad de adaptación al entorno rojiblanco y el fantasma del cese prematuro merodeaba Verde Valle. 

Hoy la narrativa es diametralmente opuesta: el estratega argentino no solo acalló las críticas, sino que acaba de firmar el torneo corto con mayor puntaje en la historia del club.

​¿Cómo se transformó un proceso tambaleante en una maquinaria histórica? La respuesta no radica en la fortuna, sino en la capacidad de Milito para recomponerse, diagnosticar sus propios errores y ejecutar una metamorfosis táctica impecable cuando las circunstancias más lo exigían.

​La genialidad del técnico no estuvo en morir con la suya, sino en saber evolucionar. Milito entendió que el protagonismo no se negocia, pero las vías para alcanzarlo sí. 

El Guadalajara del Clausura 2026 mutó hacia un equipo mucho más pragmático y vertical. Sin renunciar al buen trato de la pelota, el argentino implementó una presión tras pérdida asfixiante en campo rival, acortando las distancias entre líneas y permitiendo que el talento dinámico de sus mediocampistas y extremos pesara de verdad en el último tercio, en lugar de desgastarse en la aduana de la salida.

Lejos de quejarse por la falta de variantes o de casarse con un once inamovible, el timonel supo reactivar piezas que parecían perdidas y potenciar a los jóvenes de la cantera, combinando la exigencia táctica con una notable gestión humana.

​Sus ajustes sobre la marcha evidenciaron una lectura de partido excelsa. Chivas aprendió a cambiar de piel según el rival y el escenario:

​Capaz de sostener un 4-3-3 agresivo y de amplitud total en el Estadio Akron.

​Flexible para mutar a una línea de tres centrales o un 4-4-2 rocoso cuando el trámite fuera de casa exigía cerrar los caminos y apelar al contragolpe.

​Esa riqueza estratégica convirtió a Chivas en un enigma indescifrable para las pizarras rivales.

​Superar las míticas barreras de puntos que el club impuso en los torneos de los noventa o la era de Hans Westerhof no es una casualidad. Es el dividendo de un cuerpo técnico que supo mantener el temple en la tormenta y que convenció al futbolista mexicano de que el orden y la intensidad son las llaves del éxito.

​Gabriel Milito ha devuelto a Chivas la autoridad competitiva que su historia demanda. Por lo pronto, el banquillo del Guadalajara tiene un estratega con mayúsculas.

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El vuelo rasante: ¿Es el fin de la era Jardine en el Nido?

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El Vuelo Rasante: ¿Es el fin de la era Jardine en el Nido?
Las Águilas ya no tienen la agresividad que André Jardine les inyectó en su llegada. Foto: Especial

El fútbol tiene una memoria tan corta como cruel. Hace apenas unos meses, el Club América tocaba el cielo con las manos al consumar un tricampeonato histórico que parecía instaurar una dinastía imbatible.

Ahora el panorama en Coapa es sombrío: la reciente eliminación ante Pumas en los Cuartos de Final del Clausura 2026 no fue solo una derrota, fue el eco de un desplome que viene avisando desde hace tiempo.

​Ser tricampeón en México es una gesta heroica, pero para el América, los títulos también se han convertido en una cómoda zona de confort. La “maldición del éxito” parece haberle robado el hambre a una plantilla que hoy luce apática, sin gol y, sobre todo, sin la agresividad que André Jardine les inyectó en su llegada.

​El arranque del Clausura 2026 fue alarmante, con jornadas enteras sin marcar, evidenciando que las individualidades, como Brian Rodríguez o Zendejas, ya no bastan para ocultar las carencias colectivas.

Lo que más pesa en la balanza crítica es la incapacidad de Jardine para trascender fuera de la Liga MX. Eliminaciones consecutivas en Concachampions, el amargo tras no poder llegar al Mundial de Clubes 2025 y el nulo impacto en la Leagues Cup sugieren que el modelo de juego del brasileño tiene un techo muy marcado ante rivales de otra jerarquía.

La directiva se encuentra en la encrucijada más difícil de la década. Por un lado, despedir al técnico más exitoso de la época reciente suena a ingratitud; por otro, mantenerlo se siente como una apuesta por un proyecto que ya dio todo lo que tenía que dar.

Jardine ha pedido el regreso de Gustavo Leal como condición para seguir, buscando reconstruir esa estructura de trabajo que lo llevó a la gloria.

El ciclo actual está agotado. La eliminación ante Pumas —con un global de 6-6 que favoreció a los universitarios por posición en la tabla— dejó claro que la fragilidad mental ha regresado al Nido.

El América no necesita “ajustes”; necesita una reestructura profunda que empiece por sacudir el vestuario y, posiblemente, refrescar el banquillo.
​Si Jardine se queda, será bajo la sombra de la duda y con un crédito que se agotará al primer tropiezo del Apertura 2026.

El fin de una era no tiene por qué ser una tragedia, sino la oportunidad de evitar que el vuelo de las Águilas se convierta en una caída libre.


Sobre el autor

Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.

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