Opinión
Las ventajas se construyen… pero también se pierden
En las negociaciones comerciales internacionales, las ventajas no son eternas. Se construyen con años de relaciones económicas, decisiones políticas y posicionamiento estratégico. Pero también pueden diluirse si no se administran correctamente.
México llega a la discusión sobre el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) con una carta importante en la mano: es el principal socio comercial de la economía más grande del mundo. Esa posición no es menor. Representa décadas de integración productiva, cadenas de suministro compartidas y una relación económica que atraviesa prácticamente todos los sectores industriales.
Sobre el papel, esa cercanía comercial debería otorgar a México cierto margen de negociación. Estar tan profundamente conectado con la economía estadounidense implica que cualquier cambio en las reglas del juego afecta a ambos lados de la frontera.
Sin embargo, tener ventaja no significa necesariamente saber aprovecharla.
En cualquier negociación internacional influyen muchos factores: el peso político de cada país, la solidez de sus instituciones, la claridad de sus objetivos y, sobre todo, la capacidad de sus negociadores para convertir una posición favorable en acuerdos concretos.
Dicho de otra forma: la ventaja estructural existe, pero el resultado depende de cómo se utilice. Para entenderlo mejor vale la pena recurrir a una analogía que resulta familiar para millones de mexicanos: el fútbol.
Durante la semana previa a un partido, los equipos profesionales dedican horas a preparar el encuentro. Analizan al rival, revisan videos, ajustan el sistema táctico, recuperan físicamente a los jugadores y ensayan jugadas específicas. El objetivo es claro: llegar al partido con la mayor cantidad posible de ventajas.
Los entrenadores lo saben bien. Las ventajas no aparecen por casualidad; se construyen. Se trabaja en el entrenamiento, se estudia la estrategia y se ejecuta en la cancha.
Pero también saben algo más importante: las ventajas no duran para siempre.
¿El gigante de Concacaf?
Durante décadas, México fue considerado el gigante de la Concacaf. La diferencia en infraestructura, nivel de liga, desarrollo de jugadores y recursos económicos parecía suficiente para dominar la región sin demasiadas complicaciones.
La narrativa era clara: México tenía mejores futbolistas, una liga más competitiva y mayor experiencia internacional. En teoría, eso debería traducirse en victorias casi automáticas frente a sus rivales regionales.
La realidad terminó siendo distinta.
Con el paso del tiempo, las selecciones de la zona comenzaron a cerrar la brecha. Estados Unidos profesionalizó su liga y su estructura deportiva. Canadá impulsó proyectos de formación más sólidos. Incluso selecciones centroamericanas comenzaron a competir con mayor intensidad y organización.
La ventaja mexicana no desapareció de un día para otro, pero dejó de ser incuestionable.
El problema no fue únicamente que los rivales crecieran. También influyó la incapacidad para renovar el propio modelo. Mientras otros países invertían en desarrollo, infraestructura y exportación de talento, México comenzó a mostrar síntomas de estancamiento.
En el fútbol, como en la economía, las ventajas estructurales pueden erosionarse si no se actualizan.
La comparación con el T-MEC resulta inevitable. México tiene una posición privilegiada dentro de la relación comercial con Estados Unidos. Pero esa ventaja no es permanente ni automática. Requiere estrategia, visión de largo plazo y decisiones inteligentes.
La historia reciente demuestra que incluso los gigantes pueden perder terreno cuando confían demasiado en su historia.
México lo aprendió en la cancha. En el Mundial de 2002, Estados Unidos eliminó al Tri en uno de los episodios más dolorosos para el fútbol nacional. Aquella derrota simbolizó algo más que un resultado deportivo: marcó el momento en que el supuesto dominio regional dejó de ser una garantía.
Hoy el escenario económico plantea un reto similar.
México tiene cartas fuertes para negociar. Pero el resultado final dependerá de cómo se juegue la partida. Porque en la economía, igual que en el fútbol, las camisetas pesan en la historia… pero los partidos se ganan con estrategia.
Y cuando una ventaja no se administra bien, deja de ser ventaja.
El balón, como siempre, sigue botando.
Sobre el autor
Soy Gustavo Vaca, especialista en hacienda pública, finanzas y políticas públicas. Tengo experiencia en el diseño, gestión y evaluación de programas públicos. De formación soy administrador, docente de profesión y por las noches intento de futbolista. X:@GustavoVacaM.
Opinión
El común denominador entre las finanzas personales y el fútbol mexicano: los procesos
Hablar de finanzas personales en México es abrir una conversación en la que prácticamente todos tienen algo que decir. Cada persona tiene su propia receta para administrar el dinero: algunos confían en el ahorro disciplinado, otros en la intuición del día a día y muchos, simplemente, en la capacidad de “ir resolviendo” conforme aparecen los problemas.
Sin embargo, quienes estudian el comportamiento financiero coinciden en algo fundamental: las decisiones económicas deberían apoyarse en información, conocimiento y disciplina. El manejo del dinero, al igual que cualquier otra habilidad, requiere aprendizaje y práctica.
El problema es que, en México, esa educación casi nunca llega a tiempo.
Si observamos los programas educativos desde la educación básica hasta la universidad, veremos que los temas financieros apenas aparecen de forma marginal. Aprendemos fórmulas matemáticas, fechas históricas y conceptos científicos, pero rara vez se nos enseña algo tan cotidiano como hacer un presupuesto, ahorrar o entender cómo funciona una deuda.
Por eso, para la mayoría de las personas, las finanzas se aprenden de la forma más complicada: sobre la marcha.
El proceso suele ser más o menos así. Durante la vida productiva trabajamos para obtener un salario. Ese ingreso nos permite participar en el mercado para cubrir necesidades básicas: comida, transporte, vivienda o entretenimiento. Al mismo tiempo, sabemos que deberíamos ahorrar para metas futuras o para enfrentar imprevistos.
En teoría, todo parece sencillo. En la práctica, no lo es.
Sin herramientas financieras claras, muchas personas toman decisiones basadas únicamente en la urgencia del momento. Se gasta cuando hay dinero y se recurre al crédito cuando el dinero se acaba. El equilibrio financiero, ese punto ideal entre ingresos y gastos, termina siendo más una aspiración que una realidad.
Curiosamente, algo muy similar ocurre en el fútbol mexicano.
Si trasladamos esta lógica al funcionamiento de los clubes, encontramos una analogía interesante. Así como una persona necesita educación financiera para administrar su dinero, un equipo necesita procesos sólidos de formación para desarrollar talento y competir al más alto nivel.
Sin embargo, en nuestro fútbol muchas decisiones se toman con la misma lógica del corto plazo que domina las finanzas personales: resolver el problema inmediato.
En lugar de invertir durante años en formación, infraestructura y desarrollo de talento, muchos clubes prefieren buscar soluciones rápidas: fichajes costosos, cambios constantes de entrenador o apuestas urgentes por resultados inmediatos.
Aun así, existen instituciones que han intentado apostar por procesos más sólidos. Equipos como Atlas, Chivas, Pumas o Pachuca han construido parte de su identidad a través de sus fuerzas básicas. Sus canteras han nutrido no sólo a sus propios planteles, sino también a otros clubes de la liga.
Pero incluso con estos esfuerzos, México sigue enfrentando una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos produciendo pocos jugadores capaces de consolidarse en la élite mundial?
La respuesta vuelve a apuntar hacia el mismo problema: los procesos.
En muchos casos, el futbolista mexicano comienza a comprender la dimensión profesional de su carrera demasiado tarde. Es hasta que llega al primer equipo, cuando ya gana un salario importante y juega cada fin de semana, cuando empieza a tomar conciencia de la disciplina física, mental y profesional que exige el alto rendimiento.
Para entonces, en muchos países esa formación comenzó años atrás.
Basta observar modelos como el alemán o el francés. En esas estructuras, el desarrollo del futbolista no se limita al talento con el balón. Incluye educación, preparación física, formación psicológica y disciplina táctica desde edades tempranas. El resultado es un sistema que produce jugadores preparados no sólo para competir, sino para evolucionar constantemente.
En México, tanto en las finanzas personales como en el fútbol, seguimos enfrentando el mismo desafío: entender que los resultados sostenibles sólo nacen de procesos sólidos.
No podemos esperar que las personas tomen decisiones financieras acertadas si nunca recibieron educación para hacerlo. Del mismo modo, no podemos exigir futbolistas de élite si los procesos de formación siguen siendo inconsistentes.
Al final, la lógica es la misma dentro y fuera de la cancha: las decisiones que parecen pequeñas en el presente suelen determinar los resultados del futuro.
Porque tanto en el dinero como en el fútbol, el talento ayuda… pero los procesos lo cambian todo.
Y mientras no lo entendamos del todo, el balón seguirá quedando botando.
Sobre el autor
Soy Gustavo Vaca, especialista en hacienda pública, finanzas y políticas públicas. Tengo experiencia en el diseño, gestión y evaluación de programas públicos. De formación soy administrador, docente de profesión y por las noches intento de futbolista. X:@GustavoVacaM
Opinión
Cuando ganar no solo es cuestión de la camiseta
La economía enseña algo que, trasladado al fútbol, resulta incómodo pero revelador: la intención no garantiza el resultado.
La ley de la demanda explica que las personas participan en el mercado cuando desean un bien, planean adquirirlo y pueden pagarlo. Tres condiciones simples: lo quiero, puedo conseguirlo y estoy dispuesto a hacerlo. Sin esas variables alineadas, la compra no ocurre. La camiseta por sí sola no compra nada. El deseo sin capacidad tampoco.
En el mercado, la oferta y la demanda conviven en tensión permanente. Las empresas intentan vender; los consumidores deciden si compran. El precio funciona como filtro: determina quién puede participar y quién queda fuera. Pero el precio no es el único factor. Influyen el ingreso, las preferencias, las modas, los sustitutos disponibles y hasta la percepción de valor.
Algo muy parecido sucede en el fútbol.
Todos los equipos dicen querer el campeonato. Todos declaran que su objetivo es ganar. Pero desearlo no es suficiente. También deben poder sostenerlo: tener estructura, plantel, dirección técnica, estabilidad institucional y claridad estratégica.
Aquí es donde la analogía económica cobra sentido. En el mercado, no todo lo que se ofrece encuentra comprador. En la Liga, no todo el que compite tiene realmente las herramientas para coronarse.
Preguntémonos con honestidad:
¿El objetivo de tu equipo es claro?
¿Prefieres que juegue espectacular y pierda, o pragmático y gane?
¿Aceptarías cambiar el estilo por resultados?
¿Seguirías apoyando si el campeonato llega sacrificando identidad?
La historia del fútbol mexicano está llena de dilemas similares: ganar sin gustar, jugar como nunca y perder como siempre, gastar millones en extranjeros sacrificando la cantera, modificar el ADN deportivo en nombre de la urgencia.
En economía existe el concepto de equilibrio: el punto en el que oferta y demanda coinciden sin generar excedentes ni escasez. En el fútbol, ese equilibrio sería la combinación perfecta entre intención, capacidad y ejecución. Pero esa ecuación casi nunca es exacta.
Un club puede tener gran presupuesto, pero mala gestión. Puede jugar bien, pero carecer de contundencia. Puede tener historia, pero no presente. La camiseta pesa en la narrativa, pero no marca goles.
Como aficionados, solemos romantizar la idea de que “la grandeza obliga”. Sin embargo, la grandeza no compite; compiten los futbolistas en la cancha. No ganan los escudos, ganan los proyectos bien estructurados.
Decimos que queremos espectáculo, pero celebramos títulos. Criticamos el estilo conservador, pero llenamos plazas cuando llegan los campeonatos. Después de décadas sin triunfos, incluso los más fieles terminan festejando aunque el estilo no haya sido el ideal.
La intención forja la acción, pero la claridad estratégica determina el resultado. En el mercado y en el fútbol, competir no es sinónimo de ganar. Participar no equivale a dominar.
Entre más clara sea la intención —y más coherentes las decisiones para respaldarla— mayores serán las probabilidades de éxito. Pero creer que basta con ponerse la camiseta es una ilusión cómoda.
En economía, el que no se adapta desaparece. En el fútbol, el que no evoluciona se rezaga.
Ganar no es cuestión de historia ni de romanticismo. Es cuestión de capacidad, coherencia y ejecución sostenida.
La camiseta inspira.
El proyecto respalda.
La estructura sostiene.
Y solo cuando esas tres variables coinciden, el campeonato deja de ser intención y se convierte en resultado.
El balón, como siempre, queda botando
Sobre el autor
Soy Gustavo Vaca, especialista en hacienda pública, finanzas, economía y políticas públicas, tengo una amplia experiencia en el diseño, gestión y evaluación de programas públicos. De formación soy administrador, docente de profesión y por las noches intento de futbolista. X: @GustavoVacaM
Opinión
Capacidad contra resultados
Me gustaría iniciar con una pregunta que, al final del día, la mitad del País que sigue el fútbol mexicano y que es aficionada a lo que se conoce como el “equipo más grande” se estará haciendo: ¿los seis partidos ganados en este inicio de torneo son suficientes para soñar con el campeonato?
La duda es legítima, sobre todo cuando se trata de un equipo acostumbrado a vivir entre la expectativa permanente y la exigencia histórica. Ganar ilusiona, pero no siempre convence. Y ahí aparece una de las tensiones más interesantes del deporte —y de la vida misma—: la distancia entre la capacidad y el resultado.
En el fútbol, los equipos avanzan jornada a jornada intentando mejorar su funcionamiento colectivo, su capacidad ofensiva, su solidez defensiva y la variedad de recursos tácticos que pueden utilizar según el partido. Sin embargo, al final todo se reduce a una cifra: puntos en la tabla. Esa es la realidad estadística del deporte. Se puede jugar bien y perder; se puede jugar mal y ganar. El marcador no siempre refleja el desempeño.
Ahora invito a los lectores a recordar su etapa escolar y a preguntarse si, en algún momento, como estudiantes, tuvieron una sensación positiva al realizar un trabajo final, desarrollar una exposición o presentar un examen, y esa sensación se veía sepultada por la crueldad numérica de una calificación que, a pesar de lo que dijeran los maestros, en algunos casos sentían que no era suficiente.
La percepción de capacidad y el resultado numérico no siempre coincidían. Y, aunque el sistema insistía en que la nota era objetiva, la sensación de injusticia persistía.
En muchos ámbitos ocurre lo mismo. Existen trabajos bien ejecutados que no obtienen reconocimiento y éxitos visibles que esconden debilidades estructurales. En el deporte abundan equipos admirados por su estilo o funcionamiento que, sin embargo, no logran títulos. Quedan en la memoria colectiva como ejemplos de “buen fútbol”, pero sin la validación del resultado final: capacidad sin coronación.
Esta brecha también puede observarse en la economía cotidiana. Las personas pueden mejorar su desempeño laboral, esforzarse más, capacitarse o asumir mayores responsabilidades y aun así no lograr un incremento proporcional en su calidad de vida. El esfuerzo —la capacidad— no siempre se traduce en bienestar —el resultado—. La razón está en factores que van más allá del individuo.
Un ejemplo claro es la relación entre ingresos e inflación. La inflación es el aumento generalizado de precios y uno de los indicadores que permiten entender las fases del ciclo económico. Cuando la inflación es alta, el poder adquisitivo disminuye: el mismo ingreso alcanza para menos. En ese contexto, una persona puede trabajar mejor o más, pero su capacidad de consumo no mejora. El resultado económico personal no refleja el desempeño.
En cambio, cuando la inflación es baja y los ingresos reales se mantienen o crecen, la capacidad de consumo mejora. En ese caso, el esfuerzo sí se traduce en bienestar. La diferencia no está solo en la capacidad individual, sino en el entorno económico en el que se ejerce.
Volvamos al fútbol. Un equipo puede liderar la tabla en un torneo donde el nivel general es irregular o donde los rivales atraviesan transiciones. En ese escenario, la ventaja inicial puede responder tanto a méritos propios como a debilidades ajenas. La verdadera prueba llega cuando el nivel competitivo aumenta: fases finales, rivales directos, presión acumulada. Es ahí donde se mide si la capacidad es estructural o circunstancial.
Por eso la pregunta inicial sigue abierta: ¿el líder actual tiene la solidez necesaria para sostenerse hasta el final o está aprovechando un contexto favorable que puede cambiar? En términos económicos, sería la diferencia entre crecer por fortaleza propia o por condiciones externas temporales.
La historia del deporte —como la de la economía— está llena de ejemplos de liderazgos tempranos que se diluyen y de procesos discretos que terminan en títulos. El resultado final depende de la capacidad, sí, pero también del contexto, del tiempo y de la consistencia.
Al final, la tensión entre capacidad y resultados es una constante humana. Queremos creer que el esfuerzo basta, que el mérito se impone, que el desempeño conduce inevitablemente al éxito. Pero la realidad es más compleja. En el fútbol, en la escuela y en la economía, el entorno influye tanto como la habilidad.
La temporada apenas comienza. Las victorias entusiasman, pero la historia enseña que el campeonato no se define en febrero. La capacidad se demuestra en el trayecto; el resultado, solo al final.
El balón, por ahora, sigue botando.
Sobre el autor
Soy Gustavo Vaca, especialista en hacienda pública, finanzas, economía y políticas públicas, tengo una amplia experiencia en el diseño, gestión y evaluación de programas públicos. De formación soy administrador, docente de profesión y por las noches intento de futbolista. X: @GustavoVacaM
Opinión
24 años después: un punto de inflexión difícil de olvidar
Tras más de una década de crecimiento sostenido, el inicio de 2026 trajo consigo una señal inesperada para la economía mexicana: una caída en los ingresos por remesas. El descenso sorprendió tanto a especialistas como a la opinión pública, acostumbrados a ver este rubro como una fuente constante y creciente de divisas. Sin embargo, conforme avancen los meses, este fenómeno comenzará a cobrar sentido a la luz de dos factores clave: las nuevas políticas migratorias en Estados Unidos y los efectos acumulados de un peso mexicano apreciado frente al dólar.
Durante once años consecutivos, las remesas mostraron un crecimiento ininterrumpido, lo que en términos económicos se identifica como una fase de expansión. Diversos analistas financieros coincidían en que este flujo representaba uno de los pilares más sólidos de la economía nacional. Hoy, ese ciclo parece haber llegado a un punto de inflexión. Las condiciones geopolíticas, la reducción en la migración mexicana y la creciente competencia de otros países por insertarse en el mercado laboral estadounidense han comenzado a modificar el panorama.
Las remesas no son un ingreso marginal. Constituyen una de las principales fuentes de divisas del país y su impacto se refleja directamente en la productividad y el bienestar de millones de familias, especialmente en regiones con alta dependencia de estos recursos. Por ello, observar una tendencia a la baja genera una señal de alerta: cuando una variable tan relevante comienza a debilitarse, las consecuencias trascienden lo financiero y alcanzan lo social.
Para entender este momento, vale la pena recurrir a una analogía que el país conoce bien: el fútbol. En 2002, en Yokohama, la Selección Mexicana sufrió una derrota que marcó un antes y un después. Durante años, México había mantenido una inercia positiva frente a Estados Unidos, una sensación de dominio que parecía consolidada. Sin embargo, aquel partido rompió la lógica. La determinación del rival, sumada a errores propios, frenó una racha que parecía imparable. Desde entonces, la selección no ha logrado recuperar plenamente esa ventaja histórica.
Ese episodio funciona como metáfora de lo que hoy ocurre con las remesas. Durante años, el crecimiento parecía garantizado. La expansión era la norma. Pero, como sucede en el deporte y en la economía, ninguna tendencia es permanente. Cuando el contexto cambia y no se ajustan las estrategias, la expansión puede transformarse en estancamiento o incluso en retroceso.
En el ámbito futbolístico, países como Argentina, Brasil y Uruguay ofrecen ejemplos claros de cómo diversificar las fuentes de fortaleza. Sus selecciones y clubes han logrado sostener competitividad gracias a un modelo que combina formación, exportación de talento y adaptación constante a las dinámicas del mercado internacional. La venta de jugadores jóvenes se ha convertido en una fuente estructural de ingresos que permite mantener estabilidad, aún cuando el entorno cambia.
Sin embargo, incluso ese modelo enfrenta nuevos retos. El mercado europeo, históricamente el principal destino del talento sudamericano, ya no es el único actor relevante. La aparición de ligas emergentes, como la árabe y la estadounidense, ha diversificado las opciones, pero también ha generado efectos secundarios: menor exigencia competitiva para algunos jugadores y, en consecuencia, repercusiones en el rendimiento de sus selecciones nacionales. La decisión de priorizar ingresos inmediatos sobre la máxima competencia tiene costos que no siempre se perciben de forma inmediata.
México enfrenta hoy un dilema similar en el terreno económico. La dependencia prolongada de una sola variable —en este caso, las remesas— limita la capacidad de maniobra cuando el entorno externo se modifica. Los próximos meses serán determinantes para evaluar el impacto real de esta caída y, sobre todo, para definir si el país es capaz de diseñar estrategias que diversifiquen sus fuentes de ingreso y fortalezcan su capacidad productiva.
Asumir que once años de expansión pueden revertirse por factores externos es el primer paso para tomar mejores decisiones. La claridad en la política económica y social será clave para evitar errores similares a los que, durante más de dos décadas, han marcado el rumbo de una selección que sigue apostando por fórmulas conocidas, aún cuando los resultados no llegan.
La pregunta queda abierta: ¿México está avanzando hacia un nuevo modelo más sólido o repitiendo esquemas que ya mostraron sus límites? Como en el fútbol y en la economía, el contexto importa, y las decisiones que se tomen en este punto de inflexión definirán el resultado.
El balón, una vez más, queda botando.
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