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Opinión

Chivas, anatomía de un mito moderno

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Opinión de Fernando Arango sobre Chivas

1. El eco de una gloria pasada

En el imaginario colectivo del fútbol mexicano, el equipo Chivas de Guadalajara es
“el más grande”.

Un club que se enorgullece de su tradición de jugar sólo con mexicanos y de una era de dominio que lo convirtió en un gigante. Sin embargo, detrás de esta poderosa narrativa se esconde una verdad incómoda: la grandeza de las Chivas es un mito moderno.

Un mito que, alimentado por el recuerdo de un pasado glorioso, ha opacado una realidad deportiva de fracasos y una pérdida de popularidad que, en los últimos 55 años, ha convertido al equipo en un “club perdedor” y ha dejado a sus aficionados en un estado de trauma y nostalgia.

2. El origen del mito y el comienzo del declive

El mito de la grandeza de las Chivas tiene una fecha de nacimiento precisa: la era del “Campeonísimo”.

Durante las décadas de los 50 y 60, el equipo dominó el fútbol mexicano de una manera avasalladora, ganando ocho títulos de liga y cimentando una identidad de equipo ganador y dominante.

Esa época de gloria es el pilar sobre el que se ha sostenido la narrativa del “más grande”. Sin embargo, el final de esa era gloriosa, en la década de los 70, marca el inicio del declive.

Lo que comenzó como un periodo de reconstrucción, se convertiría en una espiral de resultados mediocres que se ha extendido por más de medio siglo, separando la realidad del equipo de su leyenda.

3. La anatomía de un ‘club perdedor’

En los últimos 55 años, el concepto de Chivas como un club ganador se desmorona ante la evidencia. La escasez de títulos de liga en este período contrasta de manera dramática con la memoria colectiva de su grandeza.

Si bien el club ha ganado algunos campeonatos, el ritmo ha sido pausado y lleno de largos periodos de sequía. Esta realidad es aún más dolorosa al compararla con su archirrival, el Club América, que en el mismo lapso de tiempo ha logrado una hegemonía deportiva que lo ha posicionado por encima de Chivas en el palmarés.

La narrativa del “club perdedor” se fortalece con momentos de crisis, como la amenaza constante de descenso que el equipo ha enfrentado en varias ocasiones, poniendo en evidencia una gestión deportiva que ha navegado entre la mediocridad y la desesperación. 

4. Los años de fracaso y el fantasma del descenso.

Cuatro títulos de liga en cincuenta y cinco años, con largas sequías entre cada uno, la irregularidad deportiva ha sido la verdadera constante de su historia moderna.

Quizá la herida más profunda y la prueba más contundente de este declive ha sido el fantasma del descenso.

Un equipo que se autodenomina “grande” no debería estar en la lucha por no desaparecer de la máxima categoría. Sin embargo, en varias temporadas, las Chivas han coqueteado seriamente c la tabla de cocientes, una sombra constante que ha puesto al equipo al borde de la catástrofe.

Estos momentos de desesperación, donde el equipo se vio obligado a luchar por la permanencia, son el reflejo más fiel de una gestión deportiva que ha navegado entre la mediocridad y la desesperación, separando para siempre la realidad del club de su gloriosa leyenda.

5. El trauma del aficionado: Vivir en la sombra del mito

El mito del “más grande” se ha convertido en una carga para la afición de las Chivas.

Los aficionados se ven obligados a defender una historia que no han vivido, a evocar las glorias del pasado para justificar un presente de decepciones. Esto ha generado un trauma colectivo, un ciclo de frustración y nostalgia donde cada triunfo del Club América reabre una herida que parece no sanar.

La pasión se ha transformado en una obligación de aferrarse a una tradición que, en la era moderna, ha limitado la capacidad del club para competir al más alto nivel. La afición de las chivas se encuentra atrapada entre el peso de una leyenda que ya no le pertenece y una realidad que le ha arrebatado el estatus de gigante.

6. El mito se desvanece: La pérdida de popularidad

La prueba más contundente de que el mito de Chivas se ha desvanecido es su pérdida de popularidad.

Durante décadas, se consideró que Chivas era, por excelencia, el equipo más popular de México. Sin embargo, encuestas y estudios recientes en México y, de manera más notable, en Estados Unidos, muestran que el Club América ha tomado la delantera.

La cifra de millones de aficionados en ambos países indica que el América ha construido una base de seguidores más grande y más activa, mientras que la popularidad de Chivas ha mermado con el tiempo.

El mito de ser el “equipo del pueblo” ya no se sostiene, evidenciando que la era de Chivas como el club dominante ha llegado a su fin. 

7. Datos de aficionados en Estados Unidos: América vs. Chivas

Los estudios y reportes más recientes indican que el Club América ha consolidado una base de aficionados más grande que Chivas en Estados Unidos.

  • Club América: Las estimaciones recientes de varios medios y estudios especializados (como los mencionados en medios como El Diario AS y Opportunes) sugieren que el América tiene una base de seguidores que podría rondar los 12 a 15 millones de aficionados en Estados Unidos.

Club Deportivo Guadalajara (Chivas): En contraste, las cifras para Chivas suelen ser menores. Algunos estudios, como el reportado por Infobae, estiman su base de aficionados en alrededor de 5 millones.

8. Conclusión: El mito como obstáculo

La historia de Chivas de Guadalajara es un claro ejemplo de cómo un mito puede convertirse en un obstáculo.

La grandeza del “Campeonísimo” es un recuerdo imborrable, pero la realidad de los últimos 55 años es la de un club que ha perdido la supremacía deportiva y popular, y que lo convirtió en la actualidad en un “club perdedor”.

La afición, aunque leal, vive un trauma alimentado por una narrativa de éxito que ya no es suya.

Para Chivas, el camino a la verdadera grandeza no está en aferrarse al pasado, sino en confrontar la realidad de su mito moderno y construir, sobre los escombros de su leyenda, una nueva identidad que les permita competir en el presente. 

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Mundial 2026 en riesgo: el efecto de la guerra con Irán en EE.UU.

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A menos de 50 días para que ruede el balón en el Azteca —Estadio Banorte— y ya es oficial: la fiesta del fútbol 2026 está en problemas serios en Estados Unidos (EE.UU.).

Según datos globales de la FIFA, hasta marzo de 2026 se habían vendido poco más de un millón de boletos del total de 6.7 millones en los 104 partidos. No se ha especificado aún cuántos se han vendido en EE.UU., pero la cifra total global sugiere un rezago en su mercado.

Además, miles de boletos premium aún no se han vendido en la Unión Americana, lo que agrava la preocupación logística.

La explicación al rezago en la venta de boletos VIP se encuentra en el dramático aumento de sus precios: los boletos para la categoría 1 de la final en 2026 costarán unos 10 mil 990 dólares, un aumento del 584 por ciento respecto a Qatar 2022, donde el costo era de mil 607 dólares. Y no es solo el precio. Quien quiera viajar a EE.UU. se enfrenta a un doble muro: aeropuertos con filas eternas y el miedo a las autoridades migratorias.

Desde febrero, el Departamento de Seguridad Nacional está parcialmente cerrado por falta de presupuesto. Esto dejó a más de 61 mil agentes de la TSA trabajando sin paga; muchos faltaron y las filas en aeropuertos como Houston, Atlanta y Nueva York llegaron hasta cinco horas por pasajero.

Para “ayudar”, metieron agentes de ICE a los aeropuertos, lo que generó aún más nerviosismo y reportes de detenciones. Encima, el petróleo se mantuvo alto varias semanas por el tema del Estrecho de Ormuz, lo que disparó los vuelos casi 150 por ciento.

En México y Canadá la cosa pinta muy diferente. Los partidos de apertura en el Azteca y en Toronto tienen muy pocos boletos premium disponibles —solo alrededor de 2 mil 900 y 2 mil 200 asientos caros respectivamente— y se han movido más rápido. El crecimiento de reservas hoteleras y de vuelos es mucho más fuerte que en el vecino del norte.

Al escenario poco alentador en EE.UU. hay que agregar la guerra que sostiene junto a Israel contra Irán desde el 28 de febrero pasado. Si el Estrecho de Ormuz sigue cerrado hasta junio y el petróleo se dispara hacia 150 dólares, el golpe sería duro: los vuelos internacionales subirían aún más, la gasolina en el país de las barras y las estrellas fácilmente superaría los 5 dólares el galón —el doble de lo que costaba antes de iniciado el conflicto bélico—, y miles de fans que dudan decidirían no viajar.

El resultado sería estadios con miles de asientos vacíos en los partidos menos atractivos, justo en la sede que más boletos debía vender. Un Mundial histórico que terminaría viéndose medio vacío por una mezcla de precios altos, logística caótica y geopolítica. No es falta de amor al fútbol. Es que no todos quieren pagar una fortuna y encima vivir un calvario logístico, migratorio y político.

Sobre la autora

Andrea Nowak es un avatar generado por inteligencia artificial, especializado en análisis deportivo. Su rostro y voz son digitales, pero su perspectiva se basa en datos rigurosos y un enfoque analítico sobre el fútbol y la geopolítica deportiva. El texto es revisado y editado por periodistas profesionales.

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Opinión

El uso del género como atajo al Mundial

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Columna de Sergio Enrique Hernández

El arbitraje en el fútbol mexicano siempre ha sido un terreno de polémicas y errores graves. El problema surge cuando esas críticas se diluyen o se magnifican según agendas ajenas al rendimiento sobre el césped.

Katia Itzel García fue designada como árbitra central mexicana para el Mundial 2026, convirtiéndose en la primera mujer en lograrlo. Nadie discute el derecho de las mujeres a arbitrar en la élite si demuestran capacidad. 

El problema surge cuando las evaluaciones técnicas parecen secundarias frente a la narrativa de “primera mujer mexicana”.

El caso del partido Pumas vs. Mazatlán ilustra el problema con claridad. García cortó una jugada de peligro evidente al final del primer tiempo y expulsó al entrenador Sergio Bueno tras sus reclamos. 

Lo grave ocurrió después: Bueno fue sancionado por un supuesto comentario machista que nunca quedó registrado en la cédula arbitral. 

Que la Comisión Disciplinaria de la FMF (Federación Mexicana de Fútbol) solo aplicara multa, horas de labor social y un partido de suspensión tras la presión pública y la intervención del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) genera dudas razonables sobre el procedimiento. 

Cuando la documentación oficial es sustituida por testimonios externos y redes sociales, el proceso deja de ser transparente.

Este mismo patrón se repite con sus actuaciones en el campo. Ex árbitros, como Fernando Guerrero, han señalado fallas concretas en su posicionamiento, en la lectura de jugadas de peligro y en la administración del tiempo agregado. 

Errores que, en árbitros masculinos, suelen terminar en descensos o informes técnicos severos. Sin embargo, cualquier cuestionamiento técnico se responde con la etiqueta de “ataque machista” en lugar de rebatirse con repeticiones y análisis arbitral.

El arbitraje no admite cuotas ni narrativas ideológicas. Un mal pitazo duele igual si lo comete un hombre o una mujer, y un buen arbitraje se respeta por igual. 

La FIFA y la FMF deben priorizar la excelencia sobre la simbología. De lo contrario, no estaremos rompiendo techos de cristal, sino instalando techos de cartón que se derrumban al primer error serio en un Mundial. 

El fútbol merece árbitros elegidos por su silbato, no por su discurso.

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Opinión

Chivas, lección 2: Compromiso

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Chivas, lección 2: Compromiso

Construir una relación sana con la deuda implica, antes que nada, entenderla sin prejuicios. Cuando aparecen la ansiedad, el remordimiento o el estrés, conviene recordar algo fundamental: las decisiones financieras son personales y responden a contextos específicos. Asumirlas con claridad evita caer en la tentación de repartir culpas y permite enfocarse en lo verdaderamente importante: la responsabilidad que conllevan.

La semana pasada abordé el componente de incertidumbre que acompaña a la deuda, así como su percepción dentro de la cultura mexicana. Hoy el enfoque es distinto, pero complementario. Se trata de una palabra clave que muchas veces se menciona, pero pocas se dimensiona en su totalidad: compromiso.

El compromiso está presente en casi todos los aspectos de la vida cotidiana. Basta pensar en algo tan común como mejorar la salud física. No es suficiente con desearlo; implica asumir hábitos concretos: alimentación balanceada, disciplina en el ejercicio y constancia. Sin ese compromiso, cualquier intención se diluye con el tiempo.

En el ámbito financiero ocurre exactamente lo mismo. La deuda puede entenderse como el compromiso que adquirimos al disponer hoy de un dinero que no tenemos, con la obligación de pagarlo en el futuro. En ese proceso intervienen factores como el tiempo y los intereses, que modifican el valor original. Ahí radica tanto su atractivo como su riesgo.

La deuda no es, por definición, un elemento negativo. Bien utilizada, puede ser una herramienta que acelere objetivos: adquirir una vivienda, invertir en un negocio, atender una necesidad urgente o incluso reorganizar compromisos previos. Es, en muchos sentidos, un recurso que amplía posibilidades. Sin embargo, su efectividad depende completamente del criterio con el que se utilice y, sobre todo, del compromiso que se asuma al adquirirla.

El problema surge cuando la decisión se toma desde la urgencia o la emoción, sin dimensionar las implicaciones reales. En ese punto, la deuda deja de ser una herramienta y se convierte en una carga. No por su naturaleza, sino por la falta de claridad al momento de asumirla.

Para entender mejor esta idea, vale la pena trasladarla a un terreno familiar: el fútbol. A lo largo de su historia, el Club Guadalajara ha realizado inversiones importantes para reforzar su plantilla, apostando por los mejores jugadores mexicanos disponibles en el mercado. Esta estrategia responde a una característica única que distingue al equipo: su identidad basada exclusivamente en futbolistas nacionales.

Esa misma identidad, sin embargo, genera un efecto en el mercado. Otros equipos saben que Guadalajara tiene un margen limitado y ajustan sus precios en consecuencia. El resultado es conocido: fichajes costosos que elevan las expectativas deportivas y financieras.

Pero aquí es donde entra el compromiso como factor decisivo. No basta con incorporar talento o con el prestigio que acompaña a ciertos jugadores. Si quienes llegan no asumen la responsabilidad de rendir al máximo nivel, de mantenerse en forma y de alinear sus objetivos personales con los del equipo, la inversión pierde sentido. El resultado no sólo se refleja en la cancha, sino también en las finanzas del club.

Lo mismo ocurre con la deuda a nivel personal. Cuando no existe un compromiso real para cumplir con las obligaciones adquiridas, las consecuencias se acumulan. Los pagos pendientes crecen, los intereses se multiplican y el margen de maniobra se reduce. Lo que en un inicio parecía una solución, termina por convertirse en un problema mayor.

El fútbol actual ofrece múltiples ejemplos de ello. Equipos con grandes figuras que no logran consolidarse como conjunto, jugadores con talento indiscutible que no alcanzan su máximo nivel por falta de disciplina, y proyectos que se quedan a medio camino por no sostener un compromiso colectivo. En contraste, los equipos que logran trascender suelen tener una base clara: disciplina, responsabilidad y objetivos compartidos.

En las finanzas personales, el principio es el mismo. No se trata únicamente de acceder a recursos, sino de saber administrarlos con responsabilidad. El compromiso no es una idea abstracta; se traduce en acciones concretas: planificar, priorizar, cumplir plazos y anticipar escenarios.

Vale más una decisión bien pensada y respaldada por un compromiso firme, que múltiples intentos impulsivos sin dirección clara. En el fútbol, un equipo comprometido suele imponerse sobre el talento aislado. En la vida financiera, ocurre algo similar.

El compromiso, tanto en la deuda como en la cancha, no es opcional. Es la base que determina si una decisión se convierte en una oportunidad o en una carga. Sin compromiso, no hay resultados sostenibles. Sin compromiso, cualquier ventaja inicial se desvanece con el tiempo.

El balón, una vez más, sigue botando.

Sobre el autor

Soy Gustavo Vaca, especialista en hacienda pública, finanzas y políticas públicas. Tengo experiencia en el diseño, gestión y evaluación de programas públicos. De formación soy administrador, docente de profesión y por las noches intento de futbolista. X:@GustavoVacaM.

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Quiñones, lección 1: Incertidumbre

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Gustavo Vaca escribe en su columna sobre Julián Quiñones

Hablar de deuda es hablar de una de las decisiones financieras más comunes y, al mismo tiempo, más incomprendidas. En términos simples, la deuda es un compromiso: dinero que recibimos hoy y que deberemos devolver en el futuro, generalmente con un costo adicional. Sin embargo, más allá de su definición técnica, la deuda tiene un componente emocional poderoso: genera incertidumbre.

¿Por qué la deuda provoca ansiedad? La respuesta está en lo que no controlamos. Cuando una persona se endeuda, adquiere una obligación que se proyecta hacia el futuro, un terreno donde intervienen múltiples variables: ingresos, estabilidad laboral, emergencias, tasas de interés y condiciones económicas. Esa falta de certeza es la que activa una sensación de alerta constante.

A esto se suma una realidad frecuente: muchas personas no se endeudan para invertir o crecer, sino para resolver pendientes. Es decir, recurren al crédito para cubrir gastos ya vencidos o compromisos inmediatos. De ahí surge la conocida dinámica de “hacer un hoyo para tapar otro hoyo”, un círculo que, lejos de resolver el problema, puede ampliarlo si no se gestiona con cuidado.

Esta combinación —incertidumbre más presión financiera— explica por qué la deuda suele percibirse como un riesgo antes que como una herramienta. Y, sin embargo, también puede ser lo contrario. Bien utilizada, la deuda permite acceder a oportunidades, impulsar proyectos o resolver necesidades estratégicas. La clave está en entenderla, planificarla y dimensionar sus efectos en el tiempo.

Para ilustrarlo, vale la pena mirar hacia un terreno conocido: el fútbol.

En el mercado de fichajes, existen equipos con gran poder económico que pueden adquirir a los mejores jugadores. Pero no todos los clubes tienen esa capacidad. Por ello, recurren a otra figura: el préstamo. Un equipo cede temporalmente a un jugador a otro club, que lo incorpora con la esperanza de mejorar su rendimiento deportivo.

En ese acuerdo hay una apuesta. El equipo que recibe al jugador confía en que su incorporación generará resultados: más victorias, mayor asistencia al estadio, venta de mercancía o visibilidad mediática. Sin embargo, no hay garantías. El jugador puede adaptarse rápidamente y marcar diferencia… o puede no rendir como se esperaba.

Ahí aparece la incertidumbre.

El préstamo, como la deuda, implica tomar una decisión hoy con base en un beneficio esperado mañana. Pero ese resultado depende de múltiples factores: el desempeño del jugador, la dinámica del equipo, las lesiones, la presión del entorno. No todo está bajo control.

Un ejemplo claro es el de Julián Quiñones. A lo largo de su carrera, fue cedido a distintos equipos como parte de su desarrollo. En su paso por el Atlas, su rendimiento superó expectativas y se convirtió en pieza clave para romper una sequía histórica sin títulos. En ese momento, el nivel de incertidumbre era alto: nadie podía asegurar que el resultado sería ese. Sin embargo, la apuesta funcionó.

Lo mismo ocurre con la deuda. No es buena ni mala por sí misma. Su impacto depende del contexto, del uso que se le dé y, sobre todo, de la capacidad de quien la adquiere para administrarla. Endeudarse sin planificación aumenta el riesgo y la ansiedad. Hacerlo con estrategia puede generar beneficios concretos.

Por eso, más que temerle a la deuda, conviene entenderla. Saber cuánto se puede pagar, en qué plazo, con qué tasa y bajo qué condiciones. Evaluar escenarios: qué pasa si los ingresos cambian, si surge un imprevisto o si el costo del crédito aumenta. Esa planeación no elimina la incertidumbre, pero sí la reduce y la vuelve manejable.

En finanzas, el tiempo es un factor determinante. Las decisiones que se toman hoy tienen efectos acumulativos en el futuro. Lo mismo en el fútbol: una contratación, un préstamo o una apuesta pueden transformar el destino de un equipo… o convertirse en una carga.

La diferencia está en la estrategia.

La deuda, como el balón, siempre estará en juego. La pregunta no es si participamos o no, sino cómo lo hacemos. Porque, al final, no se trata de evitar la incertidumbre, sino de aprender a jugar con ella.

Sobre el autor

Soy Gustavo Vaca, especialista en hacienda pública, finanzas y políticas públicas. Tengo experiencia en el diseño, gestión y evaluación de programas públicos. De formación soy administrador, docente de profesión y por las noches intento de futbolista. X:@GustavoVacaM.

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