Opinión
Quien hace honor a su propio nombre
“Es la educación la que genera mejores condiciones de justicia; educar evita la necesidad de castigar”. Esta frase es quizás la más célebre de uno de los mexicanos que mayores aportaciones ha realizado a nuestro país, y al que sin duda le debemos la creación y desarrollo de instituciones que han abonado a la búsqueda de igualdad y justicia a través del acceso a oportunidades a los sectores más desfavorecidos históricamente.
Quien fuera historiador, escritor, periodista, poeta y hasta político. Nacido un 26 de enero de 1848, Justo Sierra Méndez se caracterizó por una visión que tenía una causa muy clara, la justicia a través de la enseñanza. Debo admitir querido lector, que entre los diversos motivos que me generan una identificación con este ilustre personaje es la necesidad de involucrarnos en los asuntos que atañen a toda la sociedad a través del servicio público.
Sierra era un adelantado a su época, entendía que no podemos imaginar un país justo si no partimos desde el ámbito educativo, partiendo de la necesidad de un proyecto nacional que difundiera la cultura y ciencia. Romántico resulta imaginar lo anterior como parte del alma nacional, aunque lógico desde la visión de este destacado poeta.
Todos en nuestra individualidad tenemos ideales que dictan nuestro actuar y nuestra búsqueda por darle sentido a la vida. Sierra intentó, por casualidad y cuestiones del destino, hacer lo propio, involucrándose como Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, y durante su tiempo en el servicio público será el principal impulsor de la que ahora es la más importante Universidad no solo en México, sino en Latinoamérica: La Universidad Nacional Autónoma de México.
Tal es el ejemplo que emana del ilustre y distinguido Justo Sierra, que ahora lo conocemos como el Maestro de América. En los tiempos tan convulsos por los que atravesamos, resulta necesario retornar a aquellas figuras que le dan sentido a nuestra búsqueda por aportar a mejorar nuestro entorno, sociedad y país desde nuestra trinchera. Nos leemos la siguiente semana, y recuerda luchar, luchar siempre, pero siempre luchar desde espacios más informados que construyen realidades menos desiguales y pacíficas.
Sobre el autor
Luis Sánchez Pérez es doctorante y maestro en Políticas y Seguridad Públicas en IEXE Universidad, abogado por la Universidad de Guadalajara. Profesor de asignatura en la Universidad de Guadalajara y en la Universidad Enrique Díaz de León. Investigador de medios de comunicación y participación ciudadana en el Laboratorio de Innovación Democrática. Colaborador semanal en Milenio, El Occidental y El Semanario.
Opinión
Elegir creer: El eterno romance con el Tricolor
Todavía puedo sentir ese nerviosismo eléctrico en el estómago. Hoy, por puro azar del destino, sintonicé en la televisión la repetición de aquel mítico México contra Holanda de Francia 98.
De golpe, el tiempo se derritió. Volví a ser ese niño de secundaria que, desafiando la rigidez escolar, se amontonaba con sus compañeros frente a una pequeña televisión que logramos meter al salón de clases.
Porque sí, había clases, pero el Mundial paralizaba la vida y las almas. Esa emoción colectiva, ese grito contenido en un aula de clases, es un tesoro de mi infancia. Una magia que, al menos en esta ocasión las nuevas generaciones no vivirán.
Sin embargo, a solo un día de que ruede el balón en una nueva Copa del Mundo, me niego a caer en el cinismo. Las dudas tácticas, las críticas de los expertos y el pesimismo de los debates diarios se quedan fuera de la cancha. Hoy, decido desarmarme. Hoy, elijo creer.
Es imposible no mirar el presente sin evocar a los gigantes de nuestra memoria. Elegir creer hoy es también honrar la nostalgia de los que nos enseñaron a amar esta camiseta.
Ellos nos demostraron que la playera verde no se viste: se encarna. Nos enseñaron que el fútbol mexicano es, ante todo, pasión, coraje y una fe inquebrantable que desafía a la lógica.
Hoy la batuta la lleva Javier Aguirre, un viejo lobo de mar que entiende como pocos lo que significa el orgullo mexicano, el amor propio y la resiliencia.
Bajo su mando, hay un grupo de jugadores listos para saltar a la cancha. Podrán tener más o menos reflectores que las potencias de siempre, pero elijo creer que se van a romper el alma.
No sé si nos alcanzará para llegar a la gloria eterna o si el destino nos pondrá un freno en el camino, pero exijo y elijo creer que lo van a dar todo.
Que cada gota de sudor en el césped será un tributo a los millones que soñamos con ellos. Quiero ver un equipo que se entregue por México, por su historia y por su gente, sin guardarse nada.
El fútbol es impredecible, pero el esfuerzo es innegociable. Y en este equipo, elijo ver esa hambre de gloria.
El Mundial está a la vuelta de la esquina y la ilusión vuelve a encenderse, intacta, como cuando era un estudiante en aquel salón de clases.
En unos días, cuando se escuche el silbatazo inicial y miles de gargantas entonemos al unísono el “Mexicanos al grito de guerra”, sé que la piel se nos volverá a erizar.
Ese canto sagrado no se quedará solo en las tribunas del estadio; va a retumbar con la misma fuerza en cada casa, en cada oficina, en cada rincón donde lata un corazón verde, blanco y rojo. Nos unirá a los viejos aficionados con los niños que hoy descubren esta bendita locura.
Por los recuerdos del pasado, por la vibrante realidad del presente y por el orgullo de nuestra tierra… yo elijo creer en México. ¡Vamos, Tricolor!
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
Liga MX aporta 26 jugadores al Mundial, 12 con México y 14 en otras selecciones
La internacionalización de la Liga MX es una realidad que se hace cada vez más evidente en los torneos de alta competencia.
Con la publicación oficial de las listas de convocados por parte de la FIFA, un dato salta a la vista y enciende el debate: 26 futbolistas que militan en el balompié mexicano estarán representando a diversas selecciones nacionales.
Lo verdaderamente interesante de esta cifra es su equilibrio y lo que revela sobre la naturaleza de nuestra liga: de esos 26 convocados, 12 son futbolistas mexicanos y 14 son extranjeros.
Este reparto nos invita a reflexionar sobre el rol actual de la Liga MX en el panorama continental.
Lejos de ser un circuito aislado, el fútbol mexicano se ha consolidado como un imán de talento y un aparador crucial para múltiples federaciones de la Conmebol y la Concacaf, tales como Colombia, Ecuador, Uruguay, Estados Unidos y Panamá.
A primera vista, que 14 futbolistas extranjeros de la Liga MX sean llamados por sus países de origen es un síntoma de prestigio y poder económico.
Habla de una liga que paga bien, que compite a un nivel físico demandante y que mantiene a los jugadores en el radar de sus seleccionadores nacionales.
Para el balompié azteca, esto es una medalla de validación competitiva.
Sin embargo, el reverso de la moneda nos muestra que la representación local se queda ligeramente por detrás solo 12 mexicanos.
En un ecosistema donde los clubes locales suelen saturar sus alineaciones con talento foráneo, este dato refleja la eterna paradoja de nuestro fútbol: importamos un volumen altísimo de calidad, pero a menudo lo hacemos a expensas de la proyección del futbolista nativo.
Lo valioso de esta exportación temporal es que no se concentra en uno o dos equipos “poderosos”. La diversidad de clubes de la Liga MX que aportan jugadores a este torneo demuestra que el nivel está repartido. Desde las plantillas robustas del norte hasta equipos de media tabla hacia abajo, la liga funciona como un trampolín uniforme.
Para selecciones como Ecuador o Panamá, la Liga MX ha sido históricamente un territorio de maduración ideal: un fútbol rápido, de mucha presión mediática y con una infraestructura de primer nivel que prepara a sus atletas para la máxima exigencia internacional.
El dato oficial de la FIFA no miente. La Liga MX ya no es solo la casa del fútbol mexicano; es un motor regulador del fútbol en América.
El reto de cara al futuro no será frenar la llegada de estos 14 (o más) extranjeros de selección, sino lograr que el nivel de competencia que ellos imponen sirva para catapultar a los jóvenes de casa, de modo que en las próximas listas oficiales, los mexicanos vuelvan a ser mayoría en su propia tierra.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
El olvidadizo aplauso del resultado
Existe una vieja y desgastada máxima en el fútbol mexicano que reza: “Técnico que debuta, gana”. Es una frase hecha, casi un amuleto folclórico, pero cuando la realidad se empeña en darle la razón, el entorno de nuestro balompié pierde la cabeza de inmediato.
El caso más reciente de Cruz Azul no sólo confirma la regla, sino que expone la alarmante falta de memoria —tanto a corto como a largo plazo— que padece el periodismo deportivo nacional.
La llegada de Joel Huiqui al banquillo cementero en la recta final del torneo regular fue un auténtico salto al vacío. Un movimiento de timón tan sorpresivo como impulsivo, operado directamente desde el escritorio de la presidencia por Víctor Velázquez, saltándose las trancas y la jerarquía de su propio director deportivo, Iván Alonso.
En su momento, la destitución de Nicolás Larcamón encendió las alarmas y las mesas de debate. A Velázquez le llovieron adjetivos: “temperamental”, “autócrata” e “impulsivo” fueron los calificativos más suaves en un mar de críticas justificadas por las formas.
Después de todo, La Máquina venía en caída libre, hilando tropiezos en la liga y sufriendo una dolorosa eliminación en la Concachampions.
Sin embargo, el fútbol es el único escenario donde el fin absuelve cualquier pecado de origen.
Hoy, con la décima estrella grabada en el escudo, el panorama es radicalmente opuesto.
Aquellos que dinamitaban la gestión directiva por su falta de estructura hoy redactan loas a la “intuición” y el “carácter” de la cúpula celeste. Las críticas feroces se transformaron en alabanzas almibaradas.
Este fenómeno no hace más que desnudar la alarmante inmediatez de la crónica deportiva actual, una industria que padece de amnesia selectiva y que suele juzgar los procesos únicamente con el diario del lunes en la mano.
Ganar la décima es un mérito indiscutible de Huiqui y sus futbolistas, pero el campeonato no debería borrar el desorden institucional que precedió al milagro.
En el fútbol mexicano, lamentablemente, el análisis serio siempre será esclavo del marcador de los últimos noventa minutos.
Hoy Cruz Azul festeja, la prensa aplaude y la memoria, una vez más, se queda en la banca.
Sobre el autor
Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.
Opinión
La redención de Gabriel Milito: El arquitecto del récord de puntos en Chivas
El fútbol mexicano suele adolecer de una memoria cortoplacista y una alarmante falta de paciencia. Hace apenas unos meses, durante el arranque del Apertura 2025, el proyecto de Gabriel Milito al frente del Club Deportivo Guadalajara parecía caminar sobre la cuerda floja.
Las dudas llovían desde la tribuna, la prensa cuestionaba su capacidad de adaptación al entorno rojiblanco y el fantasma del cese prematuro merodeaba Verde Valle.
Hoy la narrativa es diametralmente opuesta: el estratega argentino no solo acalló las críticas, sino que acaba de firmar el torneo corto con mayor puntaje en la historia del club.
¿Cómo se transformó un proceso tambaleante en una maquinaria histórica? La respuesta no radica en la fortuna, sino en la capacidad de Milito para recomponerse, diagnosticar sus propios errores y ejecutar una metamorfosis táctica impecable cuando las circunstancias más lo exigían.
La genialidad del técnico no estuvo en morir con la suya, sino en saber evolucionar. Milito entendió que el protagonismo no se negocia, pero las vías para alcanzarlo sí.
El Guadalajara del Clausura 2026 mutó hacia un equipo mucho más pragmático y vertical. Sin renunciar al buen trato de la pelota, el argentino implementó una presión tras pérdida asfixiante en campo rival, acortando las distancias entre líneas y permitiendo que el talento dinámico de sus mediocampistas y extremos pesara de verdad en el último tercio, en lugar de desgastarse en la aduana de la salida.
Lejos de quejarse por la falta de variantes o de casarse con un once inamovible, el timonel supo reactivar piezas que parecían perdidas y potenciar a los jóvenes de la cantera, combinando la exigencia táctica con una notable gestión humana.
Sus ajustes sobre la marcha evidenciaron una lectura de partido excelsa. Chivas aprendió a cambiar de piel según el rival y el escenario:
Capaz de sostener un 4-3-3 agresivo y de amplitud total en el Estadio Akron.
Flexible para mutar a una línea de tres centrales o un 4-4-2 rocoso cuando el trámite fuera de casa exigía cerrar los caminos y apelar al contragolpe.
Esa riqueza estratégica convirtió a Chivas en un enigma indescifrable para las pizarras rivales.
Superar las míticas barreras de puntos que el club impuso en los torneos de los noventa o la era de Hans Westerhof no es una casualidad. Es el dividendo de un cuerpo técnico que supo mantener el temple en la tormenta y que convenció al futbolista mexicano de que el orden y la intensidad son las llaves del éxito.
Gabriel Milito ha devuelto a Chivas la autoridad competitiva que su historia demanda. Por lo pronto, el banquillo del Guadalajara tiene un estratega con mayúsculas.
