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México, ¿el mismo destino de siempre?

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​La Selección Mexicana terminó con su ciclo mundialista, que prometía una evolución, una reestructuración de fondo y un cambio de mentalidad.
El Tricolor se mantiene en tu techo de cristal de los Octavos de Final a pesar de un papel decoroso en fase de grupos. Foto: AP / Ricardo Mazalan.

La Selección Mexicana terminó con su ciclo mundialista, que prometía una evolución, una reestructuración de fondo y un cambio de mentalidad. Terminó exactamente donde los fantasmas del pasado se sienten más cómodos: en los Octavos de Final.

​Algunos se quedan con una “buena actuación” bajo el argumento de una fase de grupos decorosa. Sin embargo, en el análisis frío y honesto, lo que vimos fue la cruda repetición de un trauma cíclico. 

México compitió mientras el nivel de exigencia era controlado, pero en el instante en que el muro de la jerarquía se presentó, el equipo simplemente se desplomó. 

Fue el primer rival de peso real al que nos enfrentamos y, como tantas otras veces, el resultado fue la incapacidad de dar el paso adelante.

​La derrota no fue obra de la mala suerte, sino de una cadena de errores puntuales en momentos que definen carreras y proyectos.

En la portería, la seguridad se convirtió en duda. La responsabilidad del guardameta en las jugadas decisivas fue evidente; en el Mundial no hay margen para errores técnicos cuando se enfrenta a delanteros de élite.

​Edson Álvarez, como capitán y líder del mediocampo, se esperaba que fuera la brújula del equipo. En lugar de eso, su desempeño fue errático, carente de esa jerarquía necesaria para imponer condiciones frente a un rival superior.

Con ​Gilberto Mora, aunque el talento joven es necesario, la falta de experiencia le pasó factura. El escenario le quedó grande y, en la balanza final, su error en los momentos críticos pesó tanto que costó el segundo gol de los ingleses.

​Pero el golpe de gracia no vino solo desde el campo, sino desde el banquillo. Javier Aguirre, con una trayectoria que debería haberle dotado de un aprendizaje profundo, volvió a tropezar con su propia sombra.

​La decisión de retirar a Julián Quiñones, quien ofrecía desequilibrio y peligro constante, para dar entrada a Memo Martínez fue un movimiento que destruyó la estructura ofensiva del equipo justo cuando más necesitábamos presencia y peligro.

​Es imposible no sentir un deja vu doloroso. Es el mismo Aguirre que, en el 2002, en el partido ante Estados Unidos decidió sacar a Ramón Morales para meter al “Matador” Luis Hernández, desarticulando el funcionamiento que nos había llevado a soñar. 

Es el mismo Aguirre que en 2010 apostó por un Bofo Bautista sin ritmo, condenando al equipo a jugar con diez hombres ante Argentina. Parece que, para el “Vasco”, el aprendizaje es un concepto opcional. Los cambios no fueron solo errores tácticos; fueron una renuncia a la ambición, un mensaje de miedo enviado a sus propios jugadores.

​Más allá de los nombres y los partidos, lo preocupante es la complacencia. Celebramos la victoria contra rivales menores, pero olvidamos que la excelencia no se mide contra los que están por debajo, sino contra aquellos que nos obligan a ser mejores.

​México no perdió por azar; perdió porque sigue creyendo que el esfuerzo compensa la falta de estrategia y porque los líderes, tanto en el campo como en el banquillo, siguen tomando decisiones que pertenecen a otra época. Mientras sigamos confundiendo la “buena disposición” con la competitividad real, los Octavos de Final seguirán siendo nuestro techo de cristal, y el Mundial, nuestra eterna deuda pendiente.


Sobre el autor

Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.

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¿Y si sí? El sueño mexicano que desafía la historia

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¿y si, sí? México vs Inglaterra
El partido México vs Inglaterra se jugará este domingo, a las 18:00 horas. Foto: Especial.

Lo de México contra Ecuador fue mágico. Desde que tengo uso de razón viendo futbol, es, quizás, la mejor actuación de mi selección en un partido mundialista.

Una gesta que nos eleva a los niveles más altos de entusiasmo, positivismo y fervor nacional.

Cada hombre elegido por Javier Aguirre para saltar al campo ha cumplido satisfactoriamente su misión. Aunque algunos nos quedamos con ganas de ver a Armando “La Hormiga” González, seguramente llegará su oportunidad.

Por su parte, Julián Quiñones se ha consolidado como el mejor futbolista de la convocatoria, cumpliendo con creces la expectativa tras su gran campaña en el futbol árabe.

Mención aparte merece Gilberto Mora: de ser una futura promesa, ha pasado en solo unos partidos a convertirse en una auténtica realidad y con apenas 17 años, es evidente que pronto lo veremos en el futbol europeo, tan pronto alcance la mayoría de edad.

Asimismo, Raúl Rangel ha sido una auténtica barrera en la portería durante todo el torneo; ningún arquero tricolor ha logrado lo que él en una Copa del Mundo. Su récord de imbatibilidad será histórico, y su gesto de compañerismo con Guillermo Ochoa ya ocupa un lugar especial en el corazón de la afición.

Ahora, el reto luce más complicado en el papel. Inglaterra, tras una gran Eurocopa hace dos años y una eliminatoria dominante, se presenta como un rival de cuidado.
Aunque sufrieron frente al Congo, serán una amenaza mayor a todo lo que México ha enfrentado hasta ahora.

Este domingo tenemos una cita con la historia. Para muchos, los recuerdos de la infancia están marcados por las dolorosas derrotas del Tri en mundiales; sin embargo, estos podrían ser eclipsados por un triunfo épico ante los ingleses.

Ellos no guardan precisamente los mejores recuerdos de la cancha del Estadio Azteca. Aunque cambien el nombre del recinto, para Inglaterra sigue siendo el escenario donde derramaron lágrimas hace 40 años, un episodio que bien podría repetirse este domingo.

La ilusión colectiva se resume en la pregunta que todos los mexicanos nos hacemos al cerrar los ojos y soñar: ¿Y si sí?

Dios quiera que sí.


Sobre el autor

Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.

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México es el corazón del Mundial y la lección de Guadalajara al mundo

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México es el corazón del Mundial y la lección de Guadalajara al mundo
Guadalajara ha dado muestra de ser un gran anfitrión y se reconoce en todo el mundo. Foto: Qucho.com / Especial.

Muchos en Sudamérica y otras latitudes se permiten el lujo de la burla. Se preguntan, con un aire de suficiencia que raya en la arrogancia: “¿Por qué celebran tanto? Parece que ganaron la Copa del Mundo”. Señores, en México no solo celebramos el futbol; celebramos la vida, la identidad y la oportunidad de demostrarle al planeta quiénes somos.

¿Cuántos países pueden decir con orgullo que han sido anfitriones de tres Copas del Mundo? Cuando alcancen esa trayectoria, cuando entiendan lo que significa ser el epicentro de la pasión futbolística global en tres ocasiones distintas, entonces podremos sentarnos a hablar.

Somos un pueblo que sueña, que festeja y, sin lugar a dudas, la mejor afición del mundo. Lo demostramos no solo en las gradas, sino en la calidez con la que recibimos al extraño, al visitante, al que viene de lejos y termina sintiéndose en casa.

Así somos, y esa es nuestra mayor victoria. El mundo debió entender hace mucho que, por infraestructura, por historia y, sobre todo, por ese corazón desmedido que nos caracteriza, México debería haber sido la sede única. Somos, sin rival, los más apasionados de Norteamérica.

Particularmente, hay un caso que merece ser contado con letras de oro: Guadalajara. Hace apenas unos meses, el 22 de febrero de 2026, la Ciudad vivió días de una incertidumbre asfixiante.

Tras los hechos violentos que sacudieron al estado de Jalisco, la duda se sembró en el aire y muchos, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, se atrevieron a dictar sentencia: “Guadalajara ya no será sede”.

Se escucharon voces derrotistas que daban por perdida la gran fiesta del fútbol en la Perla Tapatía.

Pero se equivocaron.

Hoy, Guadalajara no solo es una sede vigente, es la joya de la corona del Mundial 2026. Los números no mienten y son implacables: la capital de Jalisco está arrasando en el ranking de interacción digital, registrando casi 2 millones de interacciones y superando por el doble a gigantes como Los Ángeles o la misma Ciudad de México.

La Ciudad se ha volcado, ha renovado su infraestructura, ha embellecido sus accesos y ha convertido cada Fan Festival en una demostración de poderío cultural.

Mientras algunos dudaban si el Estadio Akron estaría a la altura, los tapatíos estaban demostrando que su hospitalidad y su organización son, hoy por hoy, el estándar a batir.

Guadalajara no solo superó el miedo; lo transformó en la energía que hoy inunda sus calles.

Mientras otros critican desde la lejanía, México —y en especial Jalisco— le está dando al mundo una cátedra de cómo se vive y cómo se celebra la verdadera fiesta del fútbol. Que sigan hablando, que nosotros seguimos festejando.


Sobre el autor

Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.

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México y Corea hermanados en Guadalajara

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México y Corea hermanados en Guadalajara
México y Corea del Sur se han enfrentado en dos ocasiones en Mundiales, Francia 98 y Rusia 2018, en ambas la victoria fue mexicana. Foto: Qucho.com.mx / IA

La historia de los mundiales en nuestro País ha tenido postales imborrables, pero este junio de 2026 nos ha regalado un capítulo que, por derecho propio, se escribe con letras doradas en la crónica deportiva de Jalisco.

El enfrentamiento entre México y Corea del Sur no es simplemente un partido de fase de grupos; es un momento elemental para nuestra Ciudad.

Por primera vez, Guadalajara se convierte en el escenario de la Selección Mexicana en una Copa del Mundo.

Si echamos la mirada atrás, el privilegio de ser la casa del Tri en su presentación mundialista había sido esquivo para nuestra tierra.

En 1970, la magia comenzó en el Estadio Nemesio Díez de Toluca. Dieciséis años después, en aquel inolvidable 1986, fue Monterrey el recinto que vibró con el primer rugido de México en su segundo mundial como anfitrión.

Pero más allá del dato estadístico y la importancia logística de este 2026, lo que realmente ha hecho de este duelo una experiencia conmovedora es el factor humano: la hermandad que ha nacido entre la afición mexicana y la coreana en las calles de la Perla Tapatía.

Desde hace días, ver los colores verde, blanco y rojo mezclados con las tonalidades de los visitantes asiáticos ha sido un espectáculo de civismo y alegría.

Guadalajara se ha transformado en un puente cultural donde la barrera del idioma ha desaparecido ante el lenguaje universal de la pelota.

Hemos visto a aficionados tapatíos intercambiando vivencias con los coreanos, quienes han abrazado nuestra cultura, nuestra comida y, sobre todo, nuestra hospitalidad con una calidez genuina.

Esta “linda amistad”, como ya la llaman muchos en las zonas de convivencia, trasciende el resultado que arroje el marcador final.

Los coreanos no han llegado como simples turistas deportivos, sino como invitados de honor que han sabido conectar con el espíritu de Jalisco.

La pasión del tapatío ha encontrado en la disciplina y el entusiasmo coreano un espejo de respeto.

Hoy, mientras el pitido inicial retumba en el césped de nuestro estadio, debemos valorar lo que estamos viviendo.

Guadalajara ya no solo es una sede mundialista; se ha convertido en el epicentro de un encuentro que celebra la diversidad y la unión.

Este México-Corea del Sur no solo será recordado por el marcador, sino por ser el partido donde Guadalajara demostró, una vez más, que el fútbol es, ante todo, un vehículo para tender manos y estrechar lazos que durarán mucho más allá del verano de 2026.


Sobre el autor

Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.

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Elegir creer: El eterno romance con el Tricolor

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Elegir creer: El eterno romance con el Tricolor
La pasión por el Tri une a todas las generaciones y mañana es la inauguración del Mundial en México. Foto: @MiSelección.

Todavía puedo sentir ese nerviosismo eléctrico en el estómago. Hoy, por puro azar del destino, sintonicé en la televisión la repetición de aquel mítico México contra Holanda de Francia 98.

De golpe, el tiempo se derritió. Volví a ser ese niño de secundaria que, desafiando la rigidez escolar, se amontonaba con sus compañeros frente a una pequeña televisión que logramos meter al salón de clases. 

Porque sí, había clases, pero el Mundial paralizaba la vida y las almas. Esa emoción colectiva, ese grito contenido en un aula de clases, es un tesoro de mi infancia. Una magia que, al menos en esta ocasión las nuevas generaciones no vivirán.

Sin embargo, a solo un día de que ruede el balón en una nueva Copa del Mundo, me niego a caer en el cinismo. Las dudas tácticas, las críticas de los expertos y el pesimismo de los debates diarios se quedan fuera de la cancha. Hoy, decido desarmarme. Hoy, elijo creer.

Es imposible no mirar el presente sin evocar a los gigantes de nuestra memoria. Elegir creer hoy es también honrar la nostalgia de los que nos enseñaron a amar esta camiseta. 

Ellos nos demostraron que la playera verde no se viste: se encarna. Nos enseñaron que el fútbol mexicano es, ante todo, pasión, coraje y una fe inquebrantable que desafía a la lógica.

Hoy la batuta la lleva Javier Aguirre, un viejo lobo de mar que entiende como pocos lo que significa el orgullo mexicano, el amor propio y la resiliencia. 

Bajo su mando, hay un grupo de jugadores listos para saltar a la cancha. Podrán tener más o menos reflectores que las potencias de siempre, pero elijo creer que se van a romper el alma.

No sé si nos alcanzará para llegar a la gloria eterna o si el destino nos pondrá un freno en el camino, pero exijo y elijo creer que lo van a dar todo. 

Que cada gota de sudor en el césped será un tributo a los millones que soñamos con ellos. Quiero ver un equipo que se entregue por México, por su historia y por su gente, sin guardarse nada.

El fútbol es impredecible, pero el esfuerzo es innegociable. Y en este equipo, elijo ver esa hambre de gloria.

El Mundial está a la vuelta de la esquina y la ilusión vuelve a encenderse, intacta, como cuando era un estudiante en aquel salón de clases. 

En unos días, cuando se escuche el silbatazo inicial y miles de gargantas entonemos al unísono el “Mexicanos al grito de guerra”, sé que la piel se nos volverá a erizar.

Ese canto sagrado no se quedará solo en las tribunas del estadio; va a retumbar con la misma fuerza en cada casa, en cada oficina, en cada rincón donde lata un corazón verde, blanco y rojo. Nos unirá a los viejos aficionados con los niños que hoy descubren esta bendita locura.

Por los recuerdos del pasado, por la vibrante realidad del presente y por el orgullo de nuestra tierra… yo elijo creer en México. ¡Vamos, Tricolor!


Sobre el autor

Sergio Enrique Hernández Piñón es licenciado en Periodismo por la Universidad de Guadalajara. Tiene más de 20 años en medios con experiencia en radio, prensa escrita y medios digitales. Además, durante 15 años fue director general de la plataforma “Presencia Deportiva”, medio especializado en periodismo deportivo.

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